cartas de la
nostalgia I
Santiago de Cuba a 4 de octubre de 1897
Querida Prisca :
Han trascurrido dos meses y aun permanece
en mis labios el sabor agridulce de
nuestra despedida.
Ahora conozco como se desgarra un corazón
por dentro.
Es cierto que hasta que te toca de cerca,
cualquier situación parecida te parece
tan distante, que ni escuece ni llegas a
sentir en tus carnes la dentellada del dolor. No sientes, ni
padeces, hasta que te enfrentas con la
realidad, con la impotencia de verte arrastrado como cer-
dos hasta los carros de la leva, golpeado
por las culata y herido por las bayonetas de los fusiles
de los guardias que actúan sin corazón.
Es inhumano y cruel, observar desde arriba
del carro como se va desvaneciendo
tu imagen tras una cortina de lagrimas que
no pude reprimir. Tengo grabado el gesto de tu mano
levantada diciéndome adiós.
Es patético el espectáculo de los hombres
que me acompañan. Los hay altos como
pinos anchos como Castilla que se derrumban
igual que castillos de arena y lloran como niños al
enfrentarse a la dura realidad de esta
guerra.
Amor, ahora en la distancia comprendo cuan difícil
es separar en dos partes un mismo cuerpo sin que al cuerpo le duela. A mi,
querida Prisca, esta distancia empieza a abrasarme las entrañas como el plomo
candente de una bala.
Tendrías que ver quienes son mis compañeros
de fatiga. Gente del campo analfabeta. Peones, pastores, vaqueros, segadores,
todos reclutados a la fuerza. Por desgracia
no encontraras entre nosotros a un solo
hijo de buena familia aunque estuviesen en la edad de
incorporarse a filas, ellos son soldados de
cuota, sus padres pagan y ellos se quedan en España,
mientras los muertos de hambre le sacamos
las castañas del fuego viniendo a esta guerra en una
patria que no es la nuestra.
Esta es, Prisca, la cabronada de nacer
pobre.
No quiero deprimirte, mi amor, pero eres mi
válvula de escape e intuyo que mi paño de lagrimas por mucho tiempo. Recurro a
ti egoístamente para explayarme, porque siempre
encontrare comprensión y consuelo.
Te cuento y no acabo de lo bien que saben
ablandarnos el corazón nuestros generales. He oído al general Weiler arengar a
la tropa apelando a nuestros sentimientos de
españoles y uno que no esta acostumbrado a
estas situaciones llega a emocionarse. Te quieren hacer creer, mi amor, y lo
peor es que lo consiguen que somos el mejor estandarte de nuestra
patria. La reencarnación del espíritu de
Viriato y la fe de don Pelayo. Hablan de Palafox que no
se quien es y de Daoiz y Velarde que nadie
nos aclara si son dos generales o un apellido compuesto.
Yo me siento español y en esos momentos me
vibra hasta el alma. Luego en frio,
la idea de morir me espanta. Tengo mucho
miedo a la muerte amor, porque morir, significa pudrirme en una fosa en esta
tierra que no es la mía y no poder disfrutarte por los siglos de los
siglos.
Debo resistir para poder volver a respirar
el suave perfume de tu cuerpo pegado
a mi piel.
Te quiero Prisca. Siempre tuyo
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