miércoles, 9 de noviembre de 2011

LA GUAJIRA ROSALIA




LA GUAJIRA ROSALÍA

                Cuando la “guajira” Rosalía subió las escaleras del anden principal, el sol hacia rato que se había ahogado en el mar incendiando el horizonte. Una puesta de sol que atraía todas las tardes a los “guiris” hasta las balaustradas de Malecón. Pero a la “guajira” Rosalía las puestas de sol y los atardeceres románticos le importaban un carajo. Sobre todo, porque su vida desde que cumplió los quince años había transcurrido mas en la banda horaria de la noche al día que del día a la noche. Así lo aprendió de sus hermanas y de los consejos de su amiga Gaudenia cinco años mayor que ella.

               -Deja el romanticismo para las tontas que pueden derrochar su tiempo en guilipolleces, le advirtió Gaudenia siendo niña.-Y Rosalía lo había seguido al pie de la letra.

               -Nada de tonterías y palabrería para imbéciles, o te acorazas o te comen por las piernas. Y la cruda realidad la había blindado contra los piropos interesados, el amor hipócrita, y las trampas de los hombres.

               Desde que se levanto de la cama al medio día no se sintió bien, un pequeño dolor en el pubis la tuvo nerviosa trasteando por la casa sin sentido. Una casa colonial de columnas romanas y grandes paredes pintadas con grandes murales de flores lilas y rosas que el paso del tiempo había cuarteado devorando los colores. Ahora la compartía con tres familias numerosas, su hermana America y Gaudenia su amiga de toda la vida.

               Había tratado de matar el tiempo pareciendo que hacia cosas sin hacer nada esperando la hora de tomar el tren de cercanías como hacia todos los días del año, festivos incluidos, a las nueve de la noche. Un hábito impuesto por su jornada de trabajo.

               En realidad, pensó, antes de pintarse los labios con aquel rojo sangre que tanto le gustaba, los nervios no me vienen del dolor del bajo vientre, no quieras engañarte “guajira”, estas de los nervios por la jodida cita de esta noche.

               Subió las escaleras con tiempo suficiente para esperar su tren sentada en el banco de cemento del anden principal dirección estación Central. No le gustaba nada sentirse arrastrada por los acontecimientos por ser un signo de debilidad que odiaba. Andar desorientada con su experiencia de mujer calculadora y fría, a ella que la habían coronado como la reina de la noche, estas situaciones imprevistas la desbordaban. No cabían en su firme papel de “self made women” como la definió el picha-brava de Frank el “americano” el gran fanfarrón que presumía de todo lo que carecía. Distraída, observo con curiosidad como la marea humana que desembarcaba en oleadas de los vagones parados, se evaporaba rápidamente por el túnel del andén igual que el oleaje arrastra las olas hasta la playa para que desaparezcan en la arena.

             -La vida al revés, cuando todo el mundo vuelve a sus casas a lomos de la hora punta yo voy, y por la mañana cuando toda la gente va al trabajo, yo vuelvo de beberme la noche en pequeños tragos de veneno. Y lo triste es que es una cabronada que no tiene vuelta de hoja.

            Bien que se lo anticipo su amiga Gaudenia en sus primeras clases de iniciación.- La vida es como es Rosalía, la tomas o la dejas y no como en tus ensoñaciones quisieras que fuera.

            No le fue difícil digerirlo y aceptar la vida como se le presentaba.-Si, “guajira” todo controlado y así de sencillo sin problemas hasta la madrugada de ayer. Pero a partir del encuentro de esta noche a saber que coño puede pasar, porque jamás antes te habías enfrentado a una situación incontrolable.

            Como siempre el convoy ralentizo la marcha al entrar en el cambio de agujas, paro unos minutos, los suficientes para que subiesen los seis o siete viajeros que esperaban y Rosalía. Le tenía tan cogido el tranquillo, que la puerta del vagón siempre le caía enfrente. Fue levantarse y entrar para elegir un asiento vacío del lado izquierdo porque desde ese lado le gustaba observar los barrios de “favelas” del extrarradio colgadas de la ladera del monte, un desorden de luces mortecinas clavadas en el culo de la noche que le traían cercanos recuerdos. Al contraluz observo su rostro reflejado en el cristal de la ventanilla como un espejo, se encontró excesivamente llamativa con el carmín rojo sangre incendiándole los labios y la camiseta negra del “Che” señalándole los senos libres de la tortura del sujetador.- Demasiado provocativa, se contestó ante el cristal, parezco un putón verbenero. Dudo si aquella radiografía de puton de la noche la podía hundir en la miseria y arruinar su cita, durante unos segundos pensó en bajarse en la próxima estación y volverse a su casa.- Que carajo “guajira”, reacciono con rapidez despejando sus dudas, esconderse es cosa de cobardes y a ti te sobran ovarios para enfrentarte a un ejercito de hombres, además si no gusto como soy que le den por el culo, que una tiene muchas guerras ganadas para rendirse incondicionalmente ante cualquier “carajote”.

           Con las luces anoréxicas de las primeras “favelas” que se levantaban sin orden en escalones de tierra robados a la montaña como una plantación de champiñones, recordó la huida de su casa con sus dos hermanas y su amiga Gaudenia la noche de fin de año aprovechando la confusión de fuegos artificiales y música de rumba atronadora mientras su padrastro, su madre y ocho hermanos, celebraban la entrada del año bebiendo ron con vodka y esnifando cocaína hasta caer medio muertos borrachos como cubas. Cuando llegaron las cuatro a aquella calle detrás del Malecón no sabían que la suerte estaba echada. Primero fue Gaudenia la que empezó a buscarse la vida comerciando con su cuerpo en las callejuelas traseras de la plaza Sierra Maestra donde se concentraba la flor y nata de la prostitucion.

         -Entre ser puta o muerta de hambre, me elijo puta.-
  
         Grito desde el balcón de la casa para que se enterase el mundo, después de llevar dos meses comiendo sopones de mondas de patatas, morros de cerdo y pan duro.

         Y es que la vida de Gaudenia tampoco había sido fácil. Criada  en una “favela”, tres callejuelas por encima de la de Rosalía, vio como su madre desaparecía un buen día diciendo que iba a comprar el apestoso tabaco que fumaba y no la volvieron a ver. Tampoco su padre puso mucho empeño en buscarla.

       -Tu madre Gaudenia es un puton que me ponía los cuernos con Olvido Paneque el policía, y antes con el “negro” Liberto, así que es mejor que no vuelva.

       Fue toda la explicación que le dio su padre, un rubio alto y fuerte de origen alemán que nadie en el poblado de “favelas” conocía de donde había venido. “Mejor ni preguntar ni saber, ese tío se pone “bravo” si te lo encuentras”. Escucho decir una vez al hermano mayor de Rosalía.

     Le costo rumiarlo pero al fin acepto que su madre no era trigo limpio, así que volcó su cariño en su abuela y en Rosalía. En ellas se refugiaba cuando necesitaba consejos o pretendía aliviar sus problemas.

    Tanta necesidad de valerse por si misma la hizo fuerte mentalmente y moldeo su voluntad a prueba de bomba. Le replico con firmeza a su abuela cuando esta rompió a llorar al termina de contarle como y cuando Bejarano Oramas la había violado en un bohío cercano a la Playa.

  -Estas segura mi niña que no medio provocación, mira que Bejarano Oramas es hombre casado y muy creyente…

 -Abuela Soledad, Bejarano Oramas es un hijo de puta por muy temprano que se levante, y te juro por mis muertos que yo soy la ultima mujer que se ha follado.

 Cinco meses tuvo que esperar, que se le hicieron interminables, limpiando cada día los servicios públicos de la playa para ahorrar la cantidad que le exigía el “Veneno”. Se citaron por la tarde en la plaza Cristóbal Colon dentro de la cafetería del “Gallego”.

 -Aquí tienes tus quinientos pesos, ahora ve y córtale los huevos.

 Debió ocurrir de madrugada, porque cuando escucho el estridente sonido de las sirenas de la policía y la ambulancia todavía era de noche. Ante tanto tumulto salto de la cama y salio a la calle en sujetador y bragas. No tuvo que preguntar que ocurría porque Olvido Paneque el policía lo explicaba a voz en grito:” Ha sido a Bejarano Oramas, alguien lo ha capado como a un cerdo”. No necesito más información, entro en su casa directamente al dormitorio de la abuela.

 -Abuela Soledad despierta, ya esta hecho, a todo cerdo le llega su san Martín y este carbón ya no se folla más a una mujer.

  Tampoco se inmuto cuando después de diez años se encontró a su madre una noche esperándola en la puerta de su “favela” flaca, demacrada, y enferma de cáncer de pulmón. La trato con la misma insensible frialdad que su madre tuvo con ella cuando la abandono.

 -Hola hija te acuerdas de mí…

 -Si me acuerdo… pero te puedes ir a la mierda.

 Ni le preocupo su suerte ni volvió a verla.

 Era la mayor y decidió por todas. Había que huir como fuese de aquella miseria sin futuro. Arrastro a Rosalia porque era su protegida, sus hermanas las siguieron sin hacer preguntas. No contaban con la falta de trabajo y el hambre que la revolución no había erradicado. Por eso ante el dilema que se le presentaba tuvo clara la elección:”entre puta o muerte de hambre me elijo puta.


         Después cayeron sus hermanas porque los ingresos de Gaudenia no daban para mantener a las cuatro. Y tuvo que ser ella la que tomara la decisión una vez que su hermana Siboney se marcho a vivir a Rusia casada con un viejo coronel soviético reconvertido, porque por un lado los ingresos volvieron a caer y por otro las labores del hogar le producían urticaria.
       
        -Esta bien cabezota, se resigno Gaudenia, me acompañaras sin rechistar y harás todo lo que yo te diga. Eres muy guapa Rosalía y los atraerás como la miel a las moscas, no quiero nada de enamoramientos, ni que te creas una sola promesa de las que te hagan la legión de cabrones que vendrán a pretenderte. El que te quiera que pague y ojo “guajira” que los magreos también se cobran.-

        No le hicieron falta más consejos. Se impuso la realidad y a la “guajira” Rosalía por muy correosa que fuese la realidad no la acojonaba.

        Miro por la ventanilla tratando de taladrar la negrura de la noche y descubrir sus entrañas espesas y negras como el carbón, pero le fue imposible porque la oscuridad se pegaba al cristal como una cortina de hierro.

        -Tenía que ser así joder, se estimulo, lo cachondo hubiese sido que una jodida hija de las “favelas” terminase de secretaria de dirección y no de puta.-

        Tampoco le asusto su primer encuentro sexual con aquel negro gigantesco y primitivo recién llegado de la Manigua para trabajar en la carga y descarga de los muelles. Lo toreo con la maestría de una vieja profesional. Su maravilloso cuerpo de mulata dorada se centro en hacer perfectamente su trabajo, mientras el alma de sus sentidos volaba en dirección contraria hacia un universo sin deseos.

        -Rosalía, la aleccionaba Gaudenia desde su posición de maestra y amiga, ten siempre presente que en tu coño mandas tú y el día que dejes que lo gobierne otro date por jodida cariño.

        Lo tenia tan asumido que no comprendía la mala reputación de una profesión tan vieja como el mundo y menos porque ahora después de tantos años esa mala fama le pasaba factura. Por primera vez en su vida profesional se sentía avergonzada y la culpa de todo la tenia aquella maldita cita que de haberlo sabido jamás hubiese aceptado.

        De ahí arrancaban sus nervios agarrados al bajo vientre y no los dolores de la menstruación que se le había presentado sin avisar al mediodía tal vez empujada por lo desconcertante de la cita. Hasta la hora en que lo conoció al filo de las cinco de la madrugada en la bodeguita de la “negra” Lupe asumía su trabajo como la cosa más natural del mundo dentro de una sociedad libre y progresista tal como bombardeaba la propaganda estatal.

       -Mentiras sobre mentiras, son lo mismo de intolerantes que los “carcas” y es que en el fondo son los mismos perros con distintos collares.

       Pero fue conocerle a el y sentir un fuego que le subía abrasando desde la boca del estomago hasta secarle la garganta.

       A medida que se iban sucediendo las estaciones acercándola a la estación Central aumentaba su inquietud. Empezó por jugar con el bolso, moviéndolo de un sitio para otro sin encontrar el lugar idóneo para dejarlo. Paso a recordar las lecciones de su amiga Gaudenia –“Guajira” nada de enamoramientos esta profesión es para mujeres echas y derechas sin ataduras. Tienes razón Gaudenia, pensó en voz alta, pero como coño hago para salir de esta emboscada.

      No, no estaba borracha, pese a rozar las horas del alba, ni la noche había sido tan exigente como para anestesiarle los sentidos, es mas se encontraba fresca y locuaz contándole a la “negra” Lupe lo insensible que eran los hombres y lo borde que eran los clientes, cuando entro por la puerta aquel hombre moreno, con una sonrisa a lo Clark Gable centelleándole en la boca y le pidió permiso por favor para sentarse en su mesa. ¿Una cabronada del destino? Eso lo pensaba ahora que se sentía como un pedazo de hierro viejo atraído por un gigantesco imán en aquel tren que volaba por los raíles atravesando la noche através de un túnel interminable.

     -¡Eh tu! Dame tu documentación.

      La orden le estallo en los oídos como una bomba, levanto los ojos despertando de su encantamiento y observo a un policía ancho como un armario vestido con uniforme verde oliva que le extendía la mano con unos malos modos y abuso de autoridad que ella conocía de sobra. Abrió su pequeño bolso de carey rebuscando hasta encontrar el documento revuelto con la barra de labios, los condones y la polvera.

     -¿Pasa algo “compai”? Se atrevió a preguntar Rosalía con el miedo apretándole los dientes.

     -Nada que te importe puton. Le respondió el agente mientras la radiografiaba de arriba abajo y le devolvía el documento.

     Se extraño porque no era habitual que la policía anduviese investigando a aquellas horas por las estaciones desiertas y los vagones vacíos. Ya en la estación de Martín Fierro había observado sin darle importancia como una pareja de pastores alemanes conducidos por sus adiestradores olfateaban los bajos de los vagones.

     -Es que llevamos un “mandamás” en el primer vagón y estos cabrones no se fían ni de su puñetero padre, oyó que comentaban en la parte delantera.

     -Te equivocas, le corto la voz de una mujer con sonido de ron añejo, buscan droga para quedársela y vendérsela en los hoteles de Daiquiri a los “guiris” recién llegados.

     No presto más atención porque su guerra estaba en otra parte y su pensamiento en otra onda.

      Tuvo que utilizar de nuevo el cristal de la ventanilla como espejo para retocarse los labios y reponer el carmín que se había comido con los nervios. Su lucha interior le retorcía el bajo vientre y se alegro de que le hubiese llegado la regla. Que mejor escusa para perder una noche entera sin trabajar. Y además era una buena barrera para no caer en la tentación si el amor le abría las carnes. Una tentación tabicada hasta entonces por mil capas de frialdad que parecía resquebrajarse tal vez por la desconcertante actitud de aquel hombre que la miraba a los ojos y le cojia las manos. No quería hacerse ilusiones pero en su fuero interno la ilusionaba mantener relaciones con un hombre por primera vez sin que mediase la exigencia del sexo. Por momentos el cercanías le parecía un tren bala rodando a mil por hora succionando las luces de los andenes que no le daba tiempo a contar, y por momentos, le parecía que la locomotora entrase en vía muerta con una lentitud desesperante. Jamás en cinco años de idas y vueltas se le había hecho el viaje tan largo y asfixiante provocándole un estado de ansiedad que la obligo a levantarse y buscar aire fresco bajando la ventanilla.

     Se hacia preguntas sin respuestas que la enredaban en un laberinto sin salida.

     -¿Y si llego a la cita y no aparece? ¿Y si todo ha sido una broma de un hijo de puta? ¿Y si resulta que no le gusto y sale huyendo como un cobarde?

     Que el era conocedor de su profesión era evidente, porque a las cinco de la madrugada en la bodeguita de la “negra” Lupe o en las calles de los alrededores solo deambulaban las putas y los chulos. ¡Chulo! Hasta la misma palabra la repelía como una descarga eléctrica, rechinándole en los oídos y produciéndole nauseas.

      No podía tener tan mala suerte, se tranquilizo recordando la conversación con la “negra” Lupe que tenia sobrada experiencia y un sexto sentido para adivinar y desnudar el alma de los hombres.

      -“Guajira” ese hombre va por derecho no hay mas que verle el brillo de los ojos cuando te mira. Aprovéchalo porque hay trenes que no pasan dos veces por la misma estación.

      Y si lo afirmaba con tanta contundencia la “negra” Lupe su palabra iba a misa. Porque la “negra” tendría sus cosas, manías de puta vieja, pero en cuestión de hombres era doctora “honoris causa”.

      La picazón la estuvo molestando desde que llego en el cercanías de por la mañana comiéndola el “coco” hasta develarla. Le dio pánico  pensar en el amor, un sentimiento que tenia congelado desde niña en un recodo del corazón, un sentimiento anulado por la prioridad de la carne, su mejor defensa ante la debilidad. Pero al mismo tiempo sintió miedo de perder el último tren del hombre.

      Debió ser la cercanía de la estación Central y lo inmediato de su encuentro lo que la hizo romper de un tajo con todas las ataduras de sus fantasmas.

      -Me cago en la madre que me parió, ¡se acabo! A lo hecho pecho ¡coño! Virgen del Cobre dame suerte.

      El policía grande como un oso volvió a recorrer el vagón fijándose detenidamente en los escasos viajeros que lo ocupaban y se paro brevemente delante de Rosalía desnudándola con la mirada. Esta se temió lo peor, no era la primera vez que uno de aquellos hombres vestidos de verde oliva la arrastraba hasta los servicios para violarla. No llego a cumplir sus intenciones porque la enérgica orden de un superior que apareció desde la cabecera del tren le obligo a seguirle dócilmente.

     -¡Cabrones! Murmuro para no ser oída por el resto de viajeros, sois sanguijuelas chupandole la sangre al pueblo mientras los grandes jefes de esta mierda de Revolución hacen la vista gorda para no complicarse la vida. Mucha propaganda para comernos el “coco” mientras ellos viven como reyes a cuenta de las migajas de la puta revolución.

     Próxima estación Central, aviso la megáfono radiada através de los altavoces. Reconoció la voz grabada por tenerla oída miles de veces, y porque además de avisarle puntualmente de su ultima parada, le recordaba a diario que debía aplicarse los últimos retoques antes de acceder al anden. Como siempre se puso de pie estirándose la camiseta hasta dejar la cara del “Che” enmarcada entre sus pechos redondos y provocativos, luego se aireo la melena negra y termino perfilándose los labios con un lápiz. No le dio tiempo a más.

   El vagón de Rosalía se abrió en canal reventando como una sandia. Sucedió en el mismo momento que el cercanías tomaba la vía muerta del andén derecho. Las cajas de ron “Negrita” almacenadas en las estanterías de la cafetería cargadas hasta los topes de explosivos estallaron en sucesivas explosiones como una traca macabra. El cuerpo sensual de Rosalía quedo atrapado entre el caos de hierros retorcidos, maderas quemadas y trozos de carne ensangrentada esparcidas sin orden a lo largo de las traviesas. De la “guajira” Rosalía únicamente quedaba el rastro de su perfume de Maderas de Oriente suspendido en el aire.

   -Ha sido una hijoputada del destino que nunca se sabe bien que renglones tiene escritos, le consolaba la “negra” Lupe a Gaudenia seca de llorar y ronca de maldecir, si cariño el jodido destino no lo dudes que la hizo subirse al tren equivocado, el día equivocado. Estaba escrito Gaudenia que esos hijos de puta hicieran saltar al tren para asesinar al cabron del Presidente. Y lo escrito, escrito esta, sentencio con espíritu fatalista la “negra” Lupe.

   Gaudenia levanto los ojos llorosos que tenia clavados en el suelo y miro con rabia directamente al rostro de Lupe.

    -“Negra” y a mi que coño me importa el cabron del Presidente y la madre que lo parió. A mi me duele mi Rosalía que esos mal nacidos  me han matado, y me quema las entrañas que le hayan asesinado la felicidad.

    







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