jueves, 29 de noviembre de 2012

EL GORRION




Aquel gorrión de un plumaje gris oscuro con pico de viejo,  debió de llegar volando desde alguno de los innumerables basureros que se reparten por la ciudad de Freetown.
 Se le podía notar en su ansiedad por comer apresuradamente que había pasado hambre. Tal vez por eso, caminaba dando pequeños saltos y picoteando a la vez, las diminutas semillas que se encontraban escondidas en el trozo de hierba, que aparecía enclaustrado entre la base del muro de la cárcel de Kissi Tower y la playa.
Jattabi estaba asomado como cada mañana en aquella reducida ventana que se asomaba al mar. Desde ella Jattabi sin nada en que emplear su tiempo, se distraía observando como las gaviotas se sostenían ingrávidas en el aire, para a continuación trazar con la armonía de sus  vuelos , picassianas figuras invisibles, que quedaban dibujadas en el gran lienzo  del espacio infinito que llega a perderse tras la fina línea que delimita el horizonte.
También  tenia  frente a sus ojos, la inmensidad del océano ocupando una superficie tan extensa, que en lontananza llegaba a desaparecer de su vista. A la vez, Jattabi podía observar desde aquella ventana, como las velas blancas de los cayucos se abombaban a barlovento cuando soplaba el viento de costado.
 Para Jattabi aquellos pequeños detalles sin importancia representaban un entretenimiento.
 Tal como le llamaba poderosamente la atención la constancia con la que solían desdoblarse  las olas, que llegaban con terca insistencia hasta la orilla para morir amortajadas de espuma en la arena. O los niños, a los que observaba con atención como  jugaban felices a la pelota en las zonas mas amplias de la playa sintiéndose libres. Por esa libertad sin cadenas Jatabbi les envidiaba.
Pero aquellos cuatro barrotes de hierro superpuestos, erosionados por la  oxidación del salitre y aviejados por el paso implacable del tiempo, que se encontraban fuertemente anclados en el pretil del estrecho ventanuco y tenían la facultad de interponerse entre sus ojos y la libertad de la calle, tenían también la fatalidad de recordarle diariamente a Jattabi su condición de preso condenado a la pena de muerte.
Aquel gorrión que brincaba desconfiado bajo su ventana era evidente que tenia hambre.
Y en pasar hambre y privaciones Jattabi  y su primo eran unos experto.
 Eso debió de pensar Jattabi cuando observo vigilante como el gorrión picoteaba nervioso la hierba, buscando en sus raíces los minúsculos gusanos que se escondían entre los cepellones verdes del césped. Sin saber porque, Jattabi sintió de pronto una viva necesidad de ser solidario con la desgracia ajena. Aprovechando que su primo con el que compartía celda había dejado su pedazo de pan intacto antes de dormirse, separo pacientemente la miga de la corteza para irla depositando en pequeños trozos dentro de la escudilla del rancho. Acabada la tarea, Jattabi se asomo a la ventana y fue arrojando a puñados las pequeñas porciones de migas de pan sobre la hierba. Desde su particular observatorio podía ver perfectamente como el gorrión se desplazaba triscando por el verde bardal, completamente sorprendido de como aquel mana le llovía del cielo. Y como a Jattabi le parecía que aquel pájaro menudo levantaba inquieto la cabeza, elevando la mirada hacia la ventana enrejada cada vez que engullía alguna miga, para agradecerle con un guiño el manjar del que estaba disfrutando tan inesperadamente.
Cuando Jattabi abandono su atalaya para despertar a su primo Jariro de los efluvios del hachís, supo fehacientemente que aquella mañana había encontrado un amigo.
Su primo Jariro como venia siendo habitual desde que los encerraron a los dos en aquella celda que amenazaba ruina de la vieja prisión de Kissi Tower, permanecía la mayor parte del día y de la noche amodorrado. Se le podía ver tirado como un saco de patatas encima de su jergón de paja, en cuya funda aparecían unos lamparones sucios de sudor y unas grandes manchas oscuras de orín. Toda la postración que atenazaba a Jariro era producto de su adicción al hachís. Una hierba seca que Jariro solía picar muy finamente con una piedra afilada y que posteriormente liaba en unos canutos de papel de periódico con los que fabricaba unos cigarrillos muy finos y cortos, que luego solía fumarse plácidamente tumbado en el jergón. Curiosamente, el papel que solía usar Jariro para envolver sus “porros”, era el mismo papel de los periódicos viejos que les entregaban los carceleros una vez por semana, para que pudiesen emplearlos en su limpieza personal después de hacer sus necesidades en la letrinas situadas al aire libre al final de la muralla.
Aquella actitud de Jariro, no era ni más ni menos que una huida suya hacia adelante acosado por un miedo insuperable. Una vez más, buscaba la evasión refugiándose en su limbo particular, donde el kif hacia levitar su mente, para huir de aquella dura situación en la que se encontraban, después de haber sido apresados por los soldados del ejercito de Sierra Leona en la emboscada que les tendieron en Koidú y posteriormente condenados a muerte por un tribunal militar.
Jattabi acababa de cumplir los doce años, uno mas que su primo Jariro que los cumpliría ese mismo año en julio.
Para Jattabi descubrir al gorrión fue un milagro. El milagro de volver a tener ilusión por algo importante. Por otro lado aquel pájaro diminuto que volaba frente a sus ojos con una libertad insultante, le hacia olvidar la sensación de claustrofobia a la que le sometían las cuatro paredes de la celda. Era una sensación de ansiedad provocada por la estrechez del espacio, por la oscuridad aposentada durante el día que se alargaba empalmándose con la de la noche. Por aquel olor a humedad mezclado con el humo del hachís y rematado con  el olor a sudor rancio de su primo, que a veces le revolvían el estomago y le hacían vomitar la comida.
 La primera sensación de libertad que percibió después de mucho tiempo, fue al comprobar la armonía rítmica que impulsaba el gorrión con sus movimientos, perfectamente engarzados cuando planeaba en el aire y posteriormente con el alegre aleteo sincronizado de sus alas, al dejarse arrastrar conscientemente por el viento, sin que el viento osase imponerle la ley de su fuerza. Ahora además tenia la oportunidad de observarlo durante horas, casi desde el mismo segundo en que con calculada lentitud, parecía que el sol emergiese del fondo del mar por la amura de levante . Porque desde aquella mañana de su encuentro con su amigo el gorrión, seguramente una vieja ave de costumbres, este se había habituado a acudir puntualmente a la cita del desayuno con Jattabi   
Ejercer como niños soldados de la guerra no había sido una opción que habían elegido los dos primos libremente. Ni en los peores momentos de hambruna de su pueblo llamado Zekore  se le había pasado por la cabeza a Jattabi alistarse en la guerrilla.
Por eso cuando Jattabi recordaba la noche en que los soldados del ejercito popular del rebelde Kabula entraron en el orfanato de Labé a sangre y fuego para secuestrarles y obligarles a luchar en su guerrilla se le secaba la boca y el pánico le secuestraba el subconsciente.
Fue precisamente en el campo de instrucción militar de Kenema, donde  su jefe inmediato Kaduli  le enseño a matar.
 La manera en que trabaja la memoria es a veces cruel. Por mas que lo intentaba Jattabi jamás pudo olvidar aquel día casi de amanecida, en que Kaduli le eligió deliberadamente para la prueba. Recordaba como a la vez que le señalaba a su victima, le entrego un fusil repleto de balas. La persona que debía asesinar no era otra que el padre misionero Gerard Lautrec. El director del orfanato de los Padres Blancos de Labé que los habían recogido en la selva al borde de la muerte por desnutrición.
Jattabi sintió entonces como un escalofrió le abría en canal su cuerpo desde el ombligo a la nuez.
 Pero no tuvo mas tiempo para dudar que hacer, que los escasos segundos que transcurrieron  entre observar por el rabillo del ojo como su jefe Kaduli le apuntaba a la nuca directamente con su pistola ya montada y apretar con amargura el gatillo de su kalashnikov.
A fuerza de observar al gorrión Jattabi aprendió a valorar el mas mínimo detalle de todo lo que ocurría fuera de los muros de la cárcel.
 Parecía que estuviese levantando mentalmente, un extenso mapa de sus sensaciones para poder consultarlo en otro sitio. Lugar que nunca tuvo claro si era el paraíso como predicaba el padre Lautrec, o simplemente las sombras que habitan tras la muerte.
 Pero lo que si tenia claro era que aquel viejo gorrión le había devuelto la ilusión por gozar de la vida.
Sus caracoleos frente al ventanuco, la soltura con la que se posaba en las cornisas de la muralla, su independencia para volar de palmera en palmera, eran en opinión de Jattabi un canto a su libertad secuestrada, una canción a la esperanza. 
Ahora observaba complaciente a los niños jugar libremente a la pelota sin ataduras y le pareció la cosa mas natural del mundo.   
Lo supo desde que se levanto ese día mas temprano de lo habitual y espero inútilmente a que su amigo el gorrión, llegase volando desde su nido como solía hacer cada mañana, para ir picoteando las migajas que Jattabi ya le había arrojado sobre la hierba.
 Lo supo cuando escucho los ecos de las pisadas del pelotón de soldados subir marcialmente las escaleras.
No le fue difícil imaginar a Jattabi que su amigo el gorrión ya jamás vendría a verle.



                                                                         F  I  N
  
 
 

 
                                                                                                                     

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