Aquel
gorrión de un plumaje gris oscuro con pico de viejo, debió de llegar volando desde alguno de los
innumerables basureros que se reparten por la ciudad de Freetown.
Se le podía notar en su ansiedad por comer
apresuradamente que había pasado hambre. Tal vez por eso, caminaba dando
pequeños saltos y picoteando a la vez, las diminutas semillas que se
encontraban escondidas en el trozo de hierba, que aparecía enclaustrado entre
la base del muro de la cárcel de Kissi Tower y la playa.
Jattabi
estaba asomado como cada mañana en aquella reducida ventana que se asomaba al
mar. Desde ella Jattabi sin nada en que emplear su tiempo, se distraía
observando como las gaviotas se sostenían ingrávidas en el aire, para a
continuación trazar con la armonía de sus
vuelos , picassianas figuras invisibles, que quedaban dibujadas en el
gran lienzo del espacio infinito que
llega a perderse tras la fina línea que delimita el horizonte.
También tenia
frente a sus ojos, la inmensidad del océano ocupando una superficie tan
extensa, que en lontananza llegaba a desaparecer de su vista. A la vez, Jattabi
podía observar desde aquella ventana, como las velas blancas de los cayucos se
abombaban a barlovento cuando soplaba el viento de costado.
Para Jattabi aquellos pequeños detalles sin
importancia representaban un entretenimiento.
Tal como le llamaba poderosamente la atención
la constancia con la que solían desdoblarse
las olas, que llegaban con terca insistencia hasta la orilla para morir
amortajadas de espuma en la arena. O los niños, a los que observaba con
atención como jugaban felices a la
pelota en las zonas mas amplias de la playa sintiéndose libres. Por esa
libertad sin cadenas Jatabbi les envidiaba.
Pero
aquellos cuatro barrotes de hierro superpuestos, erosionados por la oxidación del salitre y aviejados por el paso
implacable del tiempo, que se encontraban fuertemente anclados en el pretil del
estrecho ventanuco y tenían la facultad de interponerse entre sus ojos y la
libertad de la calle, tenían también la fatalidad de recordarle diariamente a
Jattabi su condición de preso condenado a la pena de muerte.
Aquel
gorrión que brincaba desconfiado bajo su ventana era evidente que tenia hambre.
Y en
pasar hambre y privaciones Jattabi y su
primo eran unos experto.
Eso debió de pensar Jattabi cuando observo
vigilante como el gorrión picoteaba nervioso la hierba, buscando en sus raíces
los minúsculos gusanos que se escondían entre los cepellones verdes del césped.
Sin saber porque, Jattabi sintió de pronto una viva necesidad de ser solidario
con la desgracia ajena. Aprovechando que su primo con el que compartía celda
había dejado su pedazo de pan intacto antes de dormirse, separo pacientemente
la miga de la corteza para irla depositando en pequeños trozos dentro de la
escudilla del rancho. Acabada la tarea, Jattabi se asomo a la ventana y fue
arrojando a puñados las pequeñas porciones de migas de pan sobre la hierba.
Desde su particular observatorio podía ver perfectamente como el gorrión se
desplazaba triscando por el verde bardal, completamente sorprendido de como
aquel mana le llovía del cielo. Y como a Jattabi le parecía que aquel pájaro
menudo levantaba inquieto la cabeza, elevando la mirada hacia la ventana
enrejada cada vez que engullía alguna miga, para agradecerle con un guiño el
manjar del que estaba disfrutando tan inesperadamente.
Cuando
Jattabi abandono su atalaya para despertar a su primo Jariro de los efluvios
del hachís, supo fehacientemente que aquella mañana había encontrado un amigo.
Su primo
Jariro como venia siendo habitual desde que los encerraron a los dos en aquella
celda que amenazaba ruina de la vieja prisión de Kissi Tower, permanecía la
mayor parte del día y de la noche amodorrado. Se le podía ver tirado como un
saco de patatas encima de su jergón de paja, en cuya funda aparecían unos
lamparones sucios de sudor y unas grandes manchas oscuras de orín. Toda la
postración que atenazaba a Jariro era producto de su adicción al hachís. Una
hierba seca que Jariro solía picar muy finamente con una piedra afilada y que
posteriormente liaba en unos canutos de papel de periódico con los que
fabricaba unos cigarrillos muy finos y cortos, que luego solía fumarse plácidamente
tumbado en el jergón. Curiosamente, el papel que solía usar Jariro para
envolver sus “porros”, era el mismo papel de los periódicos viejos que les
entregaban los carceleros una vez por semana, para que pudiesen emplearlos en
su limpieza personal después de hacer sus necesidades en la letrinas situadas
al aire libre al final de la muralla.
Aquella
actitud de Jariro, no era ni más ni menos que una huida suya hacia adelante
acosado por un miedo insuperable. Una vez más, buscaba la evasión refugiándose en
su limbo particular, donde el kif hacia levitar su mente, para huir de aquella
dura situación en la que se encontraban, después de haber sido apresados por
los soldados del ejercito de Sierra Leona en la emboscada que les tendieron en
Koidú y posteriormente condenados a muerte por un tribunal militar.
Jattabi
acababa de cumplir los doce años, uno mas que su primo Jariro que los cumpliría
ese mismo año en julio.
Para
Jattabi descubrir al gorrión fue un milagro. El milagro de volver a tener
ilusión por algo importante. Por otro lado aquel pájaro diminuto que volaba
frente a sus ojos con una libertad insultante, le hacia olvidar la sensación de
claustrofobia a la que le sometían las cuatro paredes de la celda. Era una
sensación de ansiedad provocada por la estrechez del espacio, por la oscuridad
aposentada durante el día que se alargaba empalmándose con la de la noche. Por
aquel olor a humedad mezclado con el humo del hachís y rematado con el olor a sudor rancio de su primo, que a
veces le revolvían el estomago y le hacían vomitar la comida.
La primera sensación de libertad que percibió
después de mucho tiempo, fue al comprobar la armonía rítmica que impulsaba el
gorrión con sus movimientos, perfectamente engarzados cuando planeaba en el
aire y posteriormente con el alegre aleteo sincronizado de sus alas, al dejarse
arrastrar conscientemente por el viento, sin que el viento osase imponerle la
ley de su fuerza. Ahora además tenia la oportunidad de observarlo durante
horas, casi desde el mismo segundo en que con calculada lentitud, parecía que
el sol emergiese del fondo del mar por la amura de levante . Porque desde
aquella mañana de su encuentro con su amigo el gorrión, seguramente una vieja
ave de costumbres, este se había habituado a acudir puntualmente a la cita del
desayuno con Jattabi
Ejercer
como niños soldados de la guerra no había sido una opción que habían elegido
los dos primos libremente. Ni en los peores momentos de hambruna de su pueblo
llamado Zekore se le había pasado por la
cabeza a Jattabi alistarse en la guerrilla.
Por eso
cuando Jattabi recordaba la noche en que los soldados del ejercito popular del
rebelde Kabula entraron en el orfanato de Labé a sangre y fuego para
secuestrarles y obligarles a luchar en su guerrilla se le secaba la boca y el
pánico le secuestraba el subconsciente.
Fue
precisamente en el campo de instrucción militar de Kenema, donde su jefe inmediato Kaduli le enseño a matar.
La manera en que trabaja la memoria es a veces
cruel. Por mas que lo intentaba Jattabi jamás pudo olvidar aquel día casi de
amanecida, en que Kaduli le eligió deliberadamente para la prueba. Recordaba
como a la vez que le señalaba a su victima, le entrego un fusil repleto de
balas. La persona que debía asesinar no era otra que el padre misionero Gerard
Lautrec. El director del orfanato de los Padres Blancos de Labé que los habían
recogido en la selva al borde de la muerte por desnutrición.
Jattabi
sintió entonces como un escalofrió le abría en canal su cuerpo desde el ombligo
a la nuez.
Pero no tuvo mas tiempo para dudar que hacer,
que los escasos segundos que transcurrieron
entre observar por el rabillo del ojo como su jefe Kaduli le apuntaba a
la nuca directamente con su pistola ya montada y apretar con amargura el
gatillo de su kalashnikov.
A fuerza
de observar al gorrión Jattabi aprendió a valorar el mas mínimo detalle de todo
lo que ocurría fuera de los muros de la cárcel.
Parecía que estuviese levantando mentalmente,
un extenso mapa de sus sensaciones para poder consultarlo en otro sitio. Lugar
que nunca tuvo claro si era el paraíso como predicaba el padre Lautrec, o
simplemente las sombras que habitan tras la muerte.
Pero lo que si tenia claro era que aquel viejo
gorrión le había devuelto la ilusión por gozar de la vida.
Sus
caracoleos frente al ventanuco, la soltura con la que se posaba en las cornisas
de la muralla, su independencia para volar de palmera en palmera, eran en
opinión de Jattabi un canto a su libertad secuestrada, una canción a la
esperanza.
Ahora
observaba complaciente a los niños jugar libremente a la pelota sin ataduras y
le pareció la cosa mas natural del mundo.
Lo supo
desde que se levanto ese día mas temprano de lo habitual y espero inútilmente a
que su amigo el gorrión, llegase volando desde su nido como solía hacer cada
mañana, para ir picoteando las migajas que Jattabi ya le había arrojado sobre
la hierba.
Lo supo cuando escucho los ecos de las pisadas
del pelotón de soldados subir marcialmente las escaleras.
No le fue
difícil imaginar a Jattabi que su amigo el gorrión ya jamás vendría a verle.
F I N

No hay comentarios:
Publicar un comentario