jueves, 29 de noviembre de 2012

UNA VENTANA A LA ESTACION


UNA VENTANA A LA ESTACION
                                                                                                                                                                                                   
                                                                                     
 Cuando Tito Carranza, se asomó como hacía cada mañana muy temprano, a aquel amplio mirador de su habitación que se orientaba por un lado hacia las vías del tren y que de frente miraba sobre la playa, yo llevaba ya mas de una hora ayudando a Miguel el vaquero, a ordeñar las vacas que mi padre tenia estabuladas en la finca de “Las Marujas”. Y es que Tito podía pasarse horas observando desde ese mirador, la inmensidad de aquel trozo de mar Mediterráneo que se extendía frente a sus ojos y que tanto le relajaba cuando al filo del temporal reventaba en grandes olas de espuma blanca. Observándolo atentamente, fue como descubrió de pronto que algo muy gordo tenia que haber sucedido al mismo borde de la orilla, porque aquella aglomeración de gente que no era nada habitual a esa hora tan tempranera, se movía nerviosamente sobre la arena, a la vez que desde lejos le llegaban nítidamente los lamentos y gritos de desesperación de las mujeres. En su opinión, aquella situación era un claro aviso de que había ocurrido un fatal accidente. Para terminar de confirmar sus sospechas, vio como hacían su aparición desde el poblado de los pescadores, andando apresuradamente hacia la playa, don José el medico, acompañado de don Veremundo que sujetaba en su mano derecha su maletín de practicante, ambos iban flanqueados por cuatro guardias “mehanis” marroquíes al mando de un cabo.
Recuerdo que Tito solía tener por costumbre levantarse minutos antes de que el sol emergiese poco a poco de las profundidades de aquel mar azul cobalto, que se iba tiñendo muy lentamente a medida que el día amanecía, con tenues reflejos de colores rojizos y purpuras . Aquel era un espectáculo al que Tito que había pasado toda su niñez lejos del mar,  se había abonado. Para mi, que Tito se recrease contemplando como un  sol de fragua africana,  comenzase su jornada cotidiana desperezándose soñoliento y levantando en su ebullición tirabuzones de calima, era una adicción que le inyectaba un optimismo y unas ganas de vivir, de las que Tito Carranza necesitaba en aquellos tiempos  cientos de toneladas.
 Pero según me había contado algunas veces, Tito lo hacia también para evitar en lo posible, los calores bochornosos que arrastra el mes de agosto, mientras disfrutaba de los esplendidos desayunos que Cherifa, la cocinera “mora” de la casa, le preparaba con especial cariño y le subía puntualmente a su habitación. Y ya de paso, continuaba, podía dedicarle tiempo a repasar después su amplia colección de mariposas.
Tuve la oportunidad de saberlo el mismo día en que nos conocimos Yiláli y yo. Que aquel tren que solía avanzar muy lentamente, adornándose con un bonito penacho de humo blanco en la cresta de su chimenea, tenia la virtud  de fascinar a Yiláli.
 Y eso que subía respirando fatigado el duro repecho que finalizaba en la misma estación de Castillejos.
Debo reconocer que en realidad a Yiláli le fascinaba todo lo que tuviese alguna relación con la actividad ferroviaria.
A mi se me barruntaba que tal vez aquella extrema curiosidad que tanto le fascinaba a Yiláli estuviese influida, por la situación que ocupaba la casa donde nació a escasos metros de la estación de Miramar. La casa, había sido en realidad anteriormente un viejo almacén de traviesas de madera, reconvertido en vivienda por la Compañía de Ferrocarriles Hispano-Marroquí y que para que su tosca construcción no desentonase dentro del entorno del paisaje árido de las dunas color vainilla, la habían pintado totalmente de marrón.
 No se sabia bien porque aquel joven ingeniero jefe de obras recién llegado desde la central de Madrid, que jugaba con mi padre y don Bernardino el padre franciscano al domino en el bar Plata, eligió para construirlo, aquel solar baldío que se encontraba enclavado entre las vías del tren y las primeras dunas que señalaban el comienzo de la playa
Pero quien mejor conocía a Yiláli era su tío Jalét . El matarife que regentaba el puesto de la carne en el mercado de abastos. Contaba Jalét, una calurosa noche estrellada en la terraza del cafetín del Susi, que aquella afición por las cosas ferroviarias que le volvían loco a Yiláli desde muy pequeño, tenían su razón de ser en las innumerables historias que su hermano Kaddúr le contaba pacientemente cuando volvía del trabajo. Habitualmente se trataban de simples anécdotas que solían girar alrededor de su dedicación profesional. Pero la agudeza de Yiláli presentía en seguida cuando su padre manejaba hechos reales  por lo detallado con que se prestaba a exponer la narración y cuando, descubría  como su padre se las arreglaba para ir inventándoselas, porque las noticias que ocurrían en el pueblo no daban para mas.
Pero lo evidente era, que conociendo a Yiláli con la hondura que yo le conocía, comprendía perfectamente que todos aquellos relatos que escuchaba ciertos o no, tenían la gran virtud de captar siempre su atención, al tiempo que solían  transportarle mentalmente al centro nuclear de la aventura, donde disfrutaba integrándose plenamente en ella como un personaje mas de la historia.
Y es que Kaddúr, el padre de mi amigo Yiláli trabajaba como fogonero de primera clase en la maquina numero 3008.
Se trataba de una antigua Deutsches Bundesbahn. Una vieja maquina de vapor que habían retirado del servicio después de realizar durante muchos años el trayecto de Por-Bou a Barcelona arrastrando vagones cargados de pasajeros. Recuerdo bien como lo contaba siempre que podía el jefe de la estación de Miramar el señor Troncoso, que según el, tuvo el privilegio de encontrarse en el muelle de la Puntilla de Ceuta el día que la desembarcaron con muchas dificultades, rodeado de todas las máximas autoridades de la ciudad y los jefes principales de la Compañía de Ferrocarriles.
 Hasta entonces, Kaddúr había tenido que superar catorce largos años desempeñando todo tipo de trabajos duros dentro de la empresa, para alcanzar el puesto de fogonero.
 Por eso cuando algunas veces bajábamos los dos hasta la playa para encontrarnos con nuestro amigo Tito Carranza, que por prescripción medica, estaba obligado a protegerse del sol, debajo del sombrajo que los obreros de la Compañía habían levantado con ramas de adelfas muy cerca de la orilla, Yiláli no se cortaba un pelo para soltarle siempre los mismos reproches.
-Tito convéncete. Vosotros los funcionarios españoles tenéis aquí en Castillejos la vida mas que resuelta. Solo tienes que pararte a comparar la casa donde tu vives con la mía. En cambio nosotros los “moros” estamos obligados a sudar la gota gorda y sacrificarnos durante mucho tiempo para llegar a conseguir un puesto mas o menos decente. Si no te crees lo que te digo fíjate en mi padre. Comenzó el hombre como peón asentando las traviesas para sujetar los railes, después durante un tiempo lo colocaron de guardafrenos, de ahí paso a ser engrasador y hasta que consiguió llegar a fogonero tuvieron que pasar catorce largos años, justo la edad que yo tengo ahora.-
Yiláli, para no molestarme, tenia la habilidad de separar su concepto entre españoles. De esta forma no tenia porque darme por aludido. Y es que para Yiláli, por un lado estaban los funcionarios con sus privilegios y prerrogativas y por otro nosotros los colonos, que en el fondo éramos tan españoles como los funcionarios, pero en su forma de pensar nos diferenciaba, el que los finqueros  tuviéramos que ganarnos como estaban obligados los nativos, el pan diario con el sudor de nuestra frente.
Tengo que reconocer que se lo reprochaba sin acritud, pero con firmeza, sabiendo que Tito Carranza era el único hijo del jefe principal de los ingenieros ferroviarios de la zona.
El caso es que pese a esas pequeñas discusiones, Yiláli y Tito se llevaban estupendamente. En realidad eran unos buenos amigos que se compenetraban y se necesitaban, aunque recuerdo que algunas veces, aquellas indiscutibles diferencias de clases que les separaban saltasen amenazadoras sobre su solida amistad.
Porque en aquellos momentos Yiláli representaba la fortaleza física y la vitalidad que a Tito tanto le faltaba, mientras que Tito le aportaba a Yiláli su excelente formación académica, adquirida durante sus estudios en el internado del colegio del Pilar de los hermanos Marianistas situado en Tetuán. Así fue, hasta justamente el día en que la “polio” le condeno de improviso a llevar de por vida, aquellos duros anclajes de acero que tenia que sujetarse con pequeñas correas de cuero a cada una de las dos piernas para poder andar. Creo recordar que ante la imposibilidad física de continuar sus estudios en Tetuán, su padre tuvo que llegar a un acuerdo con don Rafael Zaragosí el maestro de las escuelas publicas del pueblo para que le diese clases particulares por las tarde en su casa.
Tito Carranza sabia de antemano que alcanzar el mirador de su habitación sin el auxilio de las muletas le costaba un esfuerzo descomunal, pero a parte de servirle como ejercicio físico y mental recomendado insistentemente por don José el medico de la Compañía, sentarse en aquella atalaya le proporcionaba también una distracción para matar un tiempo que algunos días se le hacia pastoso e interminable. Lo normal era que cada mañana una vez ordenada su colección de mariposas, Tito esperase pacientemente hacia las siete de la mañana la llegada de aquel tren que subía bufando como un toro la empinada cuesta de la Restinga, que tenia su punto final justamente a la misma entrada de la estación de Miramar.
Porque aquel tren que arrancaba de madrugada desde las estaciones de Ceuta y que posteriormente recogía viajeros en el apeadero del Tarajal, serpenteaba pegadito al mar repleto de militares ruidosos y bullangueros que solían venir cantando una y mil veces la Madelón, hasta aburrir a las mismísimas chicharras que cantaban sofocadas por el calor escondidas entre las chumberas. El caso es que los militares tenían por costumbre ocupar los cuatro vagones de la cabeza. Se trataba en su mayoría de oficiales y tropa de la Legión  que vivían y pernoctaban a diario en Ceuta y de lunes a sábados  se veían obligados a viajar en aquel tren con destino a su acuartelamiento de Ríffien. Por eso todo el mundo lo conocía como el tren de los legionarios.
Pero Yiláli nos había confesado mas de una vez a Tito y a mi con mucha vehemencia que en los dos vagones de cola de ese mismo tren, se desplazaban los miércoles de mercado muchos de sus amigos.
 Nos explicaba como su primo Rachíd, el hijo de Jalét el carnicero, se divertía mucho tirándole a las gaviotas que revoloteaban sobre las olas desde las ventanillas abiertas con su tirachinas y como Hamido el hijo pequeño del Susi, era capaz de bajarse del ultimo vagón en marcha cuando el tren llegaba a las curvas del Negrón, para subirse de nuevo cuando la maquina del tren salía del ultimo túnel de la Condesa envuelto en una cortina de humo negro. Pero también le acompañaban sus amigos los hijos de los kabileños que habitaban en el pueblo de Castillejos y algunos que venían de  las cercanas kabilas del Anyera y  que se trasladaban en aquel tren todos los miércoles hasta el zoco del Tlata de Beni Mesála. Este zoco estaba emplazado en un pequeño “aduar” cerca de un apeadero situado a continuación del apeadero de Ríffien. Era costumbre de los kabileños trasladarse hasta el zoco para hacer negocios vendiendo sus productos del campo. Productos que ellos mismos criaban y cultivaban en sus pequeñas propiedades, tales como huevos, gallinas, conejos , frutas y verduras y que a la vez aprovechaban para comprarse algunas ropas y sobre todo para adquirir comida y pienso para sus animales. Y en esos vagones continuaba Yiláli, poniéndonos los dientes largos, la vida transcurría de una forma muy diferente. Porque durante todo el recorrido que solía durar alrededor de dos horas, reinaba una gran fiesta. Por regla general  mientras los hombres tenían largas conversaciones a gritos de sus cosas, los  niños se entretenían en jugar alegremente por los pasillos. Mi amigo Yiláli tenia por costumbre contarnos estas vivencias gesticulando mucho con las dos manos a la vez que hablaba, lo hacia seguramente para trasmitir una mayor fuerza a sus palabras. A mi no me sorprendía nada aquella forma de expresarse, porque estaba acostumbrado a observar en el mercado de abastos, como los rifeños utilizaban aquella mímica en sus interminables regateos de compra-venta.
El caso es que nos proponía a Tito y a mi coger aquel tren de los legionarios, para desplazarnos un miércoles hasta al zoco del Tlata de Beni Mesála.
No fue difícil convencer a Tito loco por salir de aquella cárcel dorada donde su madre trataba de protegerle. A Cherífa, le rogamos que no le dijese nada a doña Virtudes siempre preocupada por alejarlo de las malas compañías de los “moros”, que en su opinión, solo podían pegarle a su hijo rebaños enteros de piojos, o contagiarle la tiña. Tenia Cherifa que contarle a doña Virtudes que Tito pasaría todo el día en mi finca de las “Marujas”.
 Y aquel miércoles mientras los tres esperábamos escondidos detrás de las cubas de agua  al tren de los legionarios, a Tito y a mi, parecía que el corazón se  nos iba a salir del pecho. Sobretodo a Tito porque pese a su dificultad para caminar, para el representaba  vivir una experiencia totalmente desconocida. Solo habían pasado algunos minutos de las siete de la mañana y ya teníamos los dos vagones de cola parados frente a nosotros. Cuando Kaddúr el padre de Yiláli nos vio desde el tender de la maquina nos saludo agitando una mano negra, negrísima de carbón . Dentro del vagón la aglomeración de gente que subió fue tan grande que no hubo la posibilidad de encontrar asientos libres donde sentarse. Hasta que llegó el señor Troncoso el jefe de estación a arreglarlo y puso orden, no pudimos ocupar un estrecho hueco en uno de aquellos duros asientos de madera. En seguida me di cuenta que a mi amigo lo conocía todo el mundo. Era curioso observar como la inmensa mayoría de los hombres mayores se interesaban por su familia, formalizando un ritual bereber que componían un rosario de preguntas perfectamente ordenadas. Primeramente preguntaban por la salud de su abuelo, después por sus padres, sus tíos y sus hermanos. A cada una de aquellas preguntas Yiláli respondía llevándose la mano al pecho y contestando con un “la bas handulil lah” ( Bién , gracias).
 Para mi aquella alegría alborotadora que se vivía dentro de los dos vagones no representaba ninguna novedad, pero en cambio a Tito lo tenia hipnotizado. Y entonces, todos los amigos de Yiláli se sentaron con las piernas cruzadas a lo largo del suelo del vagón. Algunos extendían las palmas de las manos hacia arriba esperando que cada uno de los hombres mayores vestidos con chilabas pardas de lana pese al asfixiante calor, les ofreciesen el desayuno, mientras otro grupo de niños elevaban sobre sus cabezas unos pequeños cuencos de hojalata, para que Hamído el cabrero se los llenase de leche. En ese momento observé como uno de los hombres mas ancianos que tenia el rostro cubierto de arrugas tan profundas como surcos y  que vestía una chilaba blanca de algodón y se cubría la cabeza con un gran turbante blanco, comenzó a repartir desde el fondo del vagón, tortas de pan de centeno rellenas de miel de romero con queso de oveja. Mientras Hamido, este mas joven, que viajaba con dos cabras para venderlas en el zoco, comenzó a ordeñarlas ante el jolgorio de todos los niños y nos ofreció a Yiláli y a mi un cuenco de leche espumeante acompañado de dátiles y pan de higos. Y entonces las mujeres que se ocultaban la cara con un pañuelo blanco sacaron unas bandejas repletas de dulces. Fátima la mujer de Jalét y tía de Yiláli,  además de ocultar su rostro, se cubría la cabeza con un gran gorro redondo hecho de palma trenzada y decorado con cuatro borlas azules, muy típico de las mujeres rifeñas del norte, que mi madre también acostumbraba a utilizar mientras plantaba en el huerto las tomateras para resguardarse del sol. Fue Fátima la que le ofreció a Tito, aquellos cuernos de gacela rellenos de almedras y “gribás” de nueces que a mi tanto me chiflaban.
  Tito era la expresión viva de la felicidad. Aquella convivencia tan espontanea que observaba, desbordando sin freno la frontera de las exigentes recomendaciones que a diario le exponía su madre, le mantenían en un estado de expectación, que le servía para ir absorbiendo  cada detalle como si fuese una esponja. Solo había que percatarse con que satisfacción se  bebió Tito la leche que mantenía en el cazo aun el calor dulce de la ubre y como saboreo las “gribas”.
 No habíamos llegado todavía al apeadero de Riffien, lo intuía porque el señor Guerrero que era el maquinista jefe, siempre anunciaba su llegada unos cien metros antes del apeadero, con tres largos silbidos que a mi me sonaban en los oídos, tan roncos como la voz cazallera de Miguel el vaquero, para que los legionarios se fuesen preparando para bajarse, cuando Fátima la tía de Yiláli comenzó a cantar dando unos agudos gritos guturales que el resto de las mujeres secundaron enseguida. Aquella gritería se escapaba huidiza por las ventanillas abiertas a las dunas y caprichosamente regresaba a los pocos segundos empujada por el eco. Mientras tanto, Amina la hija mas pequeña de Fátima, que tenia unos bellísimos ojos  negros como el azabache,  se reunió con otras jovencitas para sacar de debajo de los asientos unos cubos de cinc llenos de agua donde venían refrescando los higos chumbos desde Castillejos.
A mi aquellos ojazos rifeños me tenían loquito. Pero curiosamente el primer chumbo que pelo Amina fue para invitar a  Tito, que no lo dudo y se lo metió entero en la boca y se lo trago después de masticar las pepitas y la pulpa, yo un poco mosqueado hice lo mismo y entonces el anciano de las arrugas en el rostro como surcos nos advirtió que comer mas de media docena de higos chumbos soltaba la barriga.
Durante el recorrido que hicimos los tres por el zoco, siempre fuimos acompañados por el padre de Yiláli que se conocía el “aduar” como la palma de la mano. Recuerdo que Kaddur nos compro en uno de los puestos ambulantes pinchitos de cordero y un gran cartucho de “chuparquia” (pestiños con miel). Tito se lo agradeció con una reverencia dándole mil gracias, mientras Yiláli se reía.
A la vuelta del zoco, comprobamos como la fiesta en el tren continuaba de otra manera. Primero tuvimos que parar en el apeadero de Riffien para que recoger a los legionarios. Se les notaba cansados de todo un día de faena, pero en cuanto se acomodaron, comenzaron a cantar las mismas canciones repetidas que a la ida. Yo perdí la cuenta de las veces que tuve que tragarme la Madelón, el Soldadito Español y el Novio de la Muerte. Especialmente los kabiléños y la mayoría de los amigos de Yiláli, no les hicieron ni puñetero caso. A mi en cambio me daba la impresión de vivir en la línea divisoria entre dos mundos. El viejo de las arrugas profundas como surcos no se levanto esta vez porque hacia tiempo que permanecía dormido. Tampoco Hamido el cabrero, que había vendido las dos cabras a un paisano haciendo un trueque, pudo ofrecernos la leche. Ni Amina volvió a fijarse en Tito, porque se entretenía con el resto de las jovencitas en tatuarse las manos con los polvos de “henna” que habían comprado en el mercado. Pero la chiquillería seguía jugando por los estrechos pasillos  “al tu la llevas” y los mas atrevidos se encaramaban al techo de los vagones por la escalerilla trasera, para disgusto del señor Troncoso que se desgañitaba ordenando que se bajasen los niños sin conseguirlo.
En el mismo momento en que nos despedimos los tres en el anden de tierra de la estación de Miramar, nos juramentamos para repetir nuevamente la experiencia y volver siempre que pudiésemos a viajar en el tren de los legionarios.
Cuando Kaddúr entro en el despacho del jefe de estación ya conocía la noticia. En realidad la noticia ya había corrido como la pólvora por todo el pueblo pese a lo madrugador de la hora. Para el señor Troncoso afrontar aquella situación fueron los peores minutos de su vida. Pero no tuvo mas remedio que comunicarle a Kaddúr, que permanecía de pie en medio de la habitación, como su hijo Yiláli se había ahogado aquella mañana muy temprano en la playa de los pescadores y desde esa hora su cuerpo permanecía en el dispensario de la Compañía velado por las mujeres.
Recuerdo bien como al día siguiente del entierro, bajo un sol al rojo vivo que hacia sudar las piedras, Tito caminaba ayudado por sus muletas para no tropezarse con  las traviesas de madera y yo con los ojos enrojecidos de haber llorado desconsoladamente durante toda la noche, fuimos arrojando claveles blancos que era la flor preferida por nuestro amigo Yiláli,  a lo largo de toda la vía desde la misma puerta de la casa donde había vivido Yiláli hasta el final de la cuesta de la Restinga. Llevábamos el corazón encogido porque tanto Tito Carranza como yo sabíamos, que el tren de los legionarios ya no seria el mismo.   


    
   


 



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1 comentario:

  1. Apreciado Gerardo, he leído este resumen de tu nuevo libro Una Ventana a la Estación, lanzado ha poco en Ceuta. La historia - real me imagino - es preciosa, atrapante y merece de mi parte una esplendorosa felicitación.
    Como nos encontraremos pronto, llegamos a Marbella el 30 de diciembre con tus primos de Argentina y de Paraguay y tendré de conocerte u felicitarte personalmente. Hugo Corrales (esposo de Charito)

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