EL GENERAL GOICOECHEA
Cuando Tito Goicoechea se bajo del vagón del tren que procedía de Tucson,
en la nueva estación de Chihuahua, nadie de su familia se atrevió a contarle porque el cuadro de su abuelo el general
Goicoechea, no se encontraba representado en la galería de Héroes Ilustres de
la Revolución, situada dentro del Palacio Nacional.
Curiosamente hasta los familiares
mas allegados que fueron a la estación para recibirlo, solo se atrevieron a
responderle con evasivas, cuando Tito les pregunto directamente por el motivo.
Fue, mientras hacían el recorrido en una vieja calesa desde la plaza de la estación,
hasta lo que quedaba en pie de la antigua mansión del general que se encontraba
emplazada al final de la avenida de los Libertadores.
La verdad es que la llegada de Tito a Chihuahua representaba para el, un
sueño inalcanzable, largamente pospuesto por infinidad de circunstancias desde
que tuvo uso de razón.
Un sueño que siempre acaricio, tal vez desde el mismo momento en que tuvo
edad para comprender las largas historias que cada noche le contaba su padre,
sobre aquella tierra y aquellos hombres que vivían en el país donde su familia
había nacido.
Su padre, Eufemíano, era el hijo primogénito del general, un militar que
se vio obligado a exiliarse y buscar
refugio en la ciudad de Alburquerque, situada en el cercano estado americano de
Nuevo México.
A Tito siempre le había
sorprendido el porque de aquella fijación que solía mostrar su padre en
contarle una y otra vez aquellos relatos, que de una manera u otra siempre giraban
en torno a las hazañas y victorias conseguidas por su abuelo durante la guerra
de la Revolución .
Debió ser por eso, que cuando piso
por primera vez las baldosas de mármol blanco desgastadas por el uso y el paso de los años,
de la amplia escalera que daba acceso al salón de la casona de estilo español, donde siempre quiso vivir el general hasta
que lo forzaron a exiliarse, Tito sufrió un estremecimiento que le subió frio
como un cuchillo desde la planta de los pies hasta la nuca.
Nunca llego a saber si aquella descarga emocional fue mas por la impresión
de encontrarse tan de frente con la realidad de su pasado, o fue la sorpresa de
contemplar in situ la realidad de su sueño.
Porque todos los objetos que ahora
tenia la oportunidad de observar Tito muy detenidamente, con la misma
curiosidad profesional con la que lo haría un anticuario, le iban encajando
perfectamente en su memoria con aquellas otras descripciones que tan pormenorizadamente
su padre se aplicaba en contarle tan pacientemente.
De repente recordó el ultimo consejo que le dio su padre cuando se
despidieron en el mismo anden de la estación antes de emprender el viaje:” Tito,
jamás abandones tus raíces, encuéntralas y consérvalas, piensa que un hombre
sin raíces es como un árbol seco al que le han desecado la savia.”
Sin saber porque, en ese mismo momento se le vino a la memoria la
historia del arquitecto Idiáquez.
Francisco Idiáquez, recordó, fue el arquitecto vasco que proyecto los
planos para la construcción de la mansión de su abuelo.
Su padre le había contado aquella historia una y mil veces.” Tu abuelo,
Tito, aunque había nacido en México, se sentía también profundamente vasco. Su
padre, tu tatarabuelo lo era. Los Goicoechea, procedían de un pequeño pueblo de
la costa vizcaína llamado Elantxobe, allí,
me conto tu abuela, se dedicaban a la pesca de la anchoa faenando con la
pequeña embarcación que tenían en el golfo de Vizcaya. Pero tu tatarabuelo que era hombre inquieto y por lo
que se ve bastante aventurero decidió desde muy joven enrolarse como simple marinero
en un barco mercante porque así podría conocer el mundo.
Algunas veces, continuaba, después de una de sus largas travesías, solía
desembarcar en el puerto de Bilbao y se acercaba hasta su casa de Elantxobe
para descansar unos días. Entonces, esa misma tarde, solían correr todos los jóvenes
del pueblo hasta la taberna del Cormorán y allí escuchaban las hazañas que
Txomin tenia por costumbre contarles de sus fabulosas aventuras por aquellas
tierras tan lejanas y tan alejadas de Vizcaya . Tengo referencias de mi madre
que algunas de las historias que les relataba eran ciertas y en cambio otras
muchas inventadas, porque el abuelo Txomin era un hombre de mucho ingenio e imaginación.
Según parece de todos los puertos
que visito navegando por los cinco continentes, la ciudad que mas le atrajo fue
Veracruz, así que regreso a Elantxobe, se caso con su novia de toda la vida tu
tatarabuela Marichu y emigraron los dos a México.
Nada mas llegar, se instalaron
primeramente en Veracruz donde montaron un almacén de efectos navales con el
que solían aprovisionar a los barcos que arribaban desde España. Supongo que no
les debió ir muy bien el negocio, porque al poco tiempo se vieron obligados a
trasladarse al estado de Chihuahua en el norte, donde por lo visto los terrenos eran baratos y
pudo comprarse una pequeña hacienda cerca de Santa Rosalía, fue allí en la
hacienda los “Nopales” donde nació tu
abuelo y nací yo.
Cuando al abuelo Pablo lo nombraron gobernador del estado de Chihuahua ,
al finalizar la guerra revolucionaria, comenzó a concebir como hacer realidad
uno de sus sueños mas deseados. Desde siempre había querido que su nueva casa,
fuese una replica de esas “etxeas” señoriales que se asoman al mar desde la
montaña y que suelen estar construidas a lo largo de toda la costa norte de
España.
El abuelo que siempre fue muy
orgulloso, pretendía conseguir de alguna forma dos objetivos muy diferentes,
uno era, el poder recrear en suelo mejicano, los mismos espacios y los mismos
ambientes de las casonas de Elantxobe, el otro, poder residir en una mansión
diferente en su estilo y original en su construcción, a los edificios
impersonales que los mandos militares del ejercito ocupaban, la mayoría
situados al principio de la avenida de los Libertadores.
Suponía también de alguna manera
el poder destacarse del resto de sus compañeros de armas, y así pegarles en los mismos “morros” a tantos
generalitos de carrera, que no se ocultaban lo mas mínimo para despreciarle olímpicamente
porque tu abuelo no había cursado los estudios como ellos en el Colegio Militar
de Guadalajara. Solían ser tan imbéciles, que se pavoneaban engallados por los
cuartos de banderas de los cuarteles, luciendo en sus guerreras una gran
cantidad de medallas y condecoraciones, que normalmente se habían ganado en los
despachos del gobierno utilizando todo tipo de recomendaciones. No creas que
aquella situación les producían algún sonrojo, todo lo contrario hijo, porque
algunos de aquellos generales presentaban sus pecheras tan atestadas de cruces
al merito militar y de medallas al sufrimiento por la patria, que mas que
pecheras, parecían el escaparate de una tienda de artículos militares.
Lo cierto Tito es que a la hora de
la verdad , lo que la historia recoge en sus paginas es que ninguno de aquellos
ineptos funcionarios cuarteleros, llegaron
a tener los suficientes bemoles para ganarse la gloria.
Es mas, puedo asegurarte que
ninguno de ellos pudo vanagloriarse de haber ganado una insignificante batalla
durante todo el tiempo que duro la Revolución.
Puedes estar seguro hijo, de que
ninguna hoja de servicios de cualquiera de aquellos generales podría compararse
con las circunstancias que tuvo que pelear tu abuelo, al que no se te olvide, jamás
le regalaron una felicitación por los servicios prestados.
Tanto es así que después de haberle
matado mas de veinte caballos a lo largo de las distintas cargas de caballería que se vio obligado a
ordenar a su escuadrón durante el tiempo que duro la Revolución, el estado mayor del ejercito
revolucionario nunca tuvo la valentía de recompensarle por acciones en las que
participo, incluyéndolas como hacían con otros generales, en los partes de guerra que se leían públicamente
al termino de cada día .
Aunque en el fondo, debo
reconocer que al abuelo Pablo le importaba un carajo porque detestaba toda
aquella ostentación inútil que fomentaban los ineptos. Seguramente por esa
forma de pensar, las condecoraciones de la que mas presumía delante de sus
lanceros, eran las ocho cicatrices de los cinco balazos y tres machetazos que
le tatuaban todo su cuerpo.
Contaba que para el la guerra
había sido una carrera militar durísima. Comenzó justo el mismo día en que se
vio obligado a salir de Chihuahua
montado a caballo al mando de treinta “pelaos”, hasta el día que vio como la
abuela le bordaba por fin pacientemente, la estrella de general en la bocamanga
del uniforme.”
El caso es que a Tito se le engarzaban los recuerdos uno detrás de otro
como si fuesen las cuentas de un rosario.
“Cuando algún día Tito, tengas la
oportunidad y la gran suerte de ver “basoko etxea aitona, (la casa del abuelo) comprenderás
entonces de que materia ingrávida están compuestas las raíces de las personas y
como se siente correr por las venas el orgullo propio de la familia.”
Fue el embajador español, un diplomático vasco nacido en Zarautz, quien
le recomendó a Pablo Goicoechea al arquitecto Idiáquez.
Pacho Idiáquez era ya por aquellas fechas un arquitecto reconocido.
Acababa de dejar su cátedra de arquitectura armónica de la universidad de
Deusto por motivos políticos. Pero podía presumir de haber sido el maestro de
los arquitectos Aguirre y Aspiroz autores del proyecto del monumento a Juan Sebastián
el Cano, en Guetaria.
Cuando el general contacto con el a través del embajador Lezama para
invitarle a viajar hasta Chihuahua con todos los gastos pagados, su negativa
fue rápida y rotunda. A Pacho, le pesaba demasiado su fobia al mar. Era una aversión
sobrevenida desde la mañana en que siendo todavía un niño estuvo a punto de
ahogarse en la playa de la Concha de San Sebastián.
Al final, la terca persistencia de Lezama y probablemente la curiosidad
profesional que le debió asaltar a Idiáquez por descubrir estilos mas avanzados
y arquitecturas mas modernas, le empujaron irremediablemente a embarcarse en el
puerto de Bilbao rumbo a Veracruz en el lujoso crucero “Cabo Machicháco”. Fue
curiosamente durante la travesía del atlántico cuando sucedió un inesperado quiebro
del destino, que a punto estuvo de
arruinar los sueños que el general había puestos con tanto interes en su
ansiada mansión.
Aunque Pacho Idiáquez por su aversión al mar, solía abandonar en pocas
ocasiones su camarote, era cierto que en cuanto el mar se encrespaba mas de lo
habitual y el barco comenzaba a balancearse de babor a estribor, o viceversa,
como si fuese un corcho sin rumbo, el mareo hacia inmediatamente acto de
presencia y llegaba a secuestrarle por un tiempo indefinido, revolviéndole sin piedad mientras tanto las
tripas del estomago.
Entonces, Pacho se veía obligado a
correr urgentemente hacia la borda mas cercana a su camarote y a arrojar por
ella, la vomitona sobre la cresta encrespada de las olas.
Por eso aquella mañana fue
providencial para Idiáquez, que el capitán Larrea se encontrase en su turno de
guardia en el puente de estribor, cuando observo desconcertado como una ola enorme inundaba
toda la cubierta y arrastraba con fuerza hacia el mar a Pacho Idiáquez. Solo
fueron cuestión de segundos que el capitán Larrea pudiese organizar el rescate
y lograr subirlo a bordo sano y salvo gracias a dios.
Por haberle salvado la vida, cuando Pacho Idiáquez regreso a su Bilbao
después de su estancia en México, lo primero que hizo fue regalarle al capitán
Larrea el caserío donde ahora vive retirado al pie de la ría de Mundaka.
Observando detenidamente el antiguo palacete se percibía como todo su
conjunto había ido envejeciendo lentamente con el paso de los años. De aquel
palacete proyectado por Idiáquez y decorado posteriormente por Tomas Isern,
solo quedaba la sombra alargada de su grandeza suspendida como la fragancia de
un perfume en el ambiente de la avenida de los Libertadores.
Cerca de un año duraron las obras de edificación de la mansión que Idiáquez
dirigía personalmente bajo la atenta mirada del gobernador Goicoechea. Y cuando
una vez inaugurada con toda la parafernalia digna de un presidente, Pacho Idiáquez
se despidió de don Pablo para regresar a España, el general agradecido por
todos los servicios prestados por el
arquitecto, le hizo uno de los regalos que mas valoraba, el sable de asalto que
el mismo general le había arrebatado a Pancho Villa durante la famosa batalla
de Celaya.
Aun tenia Tito fresco en la memoria el relato de su padre sobre aquella
batalla de Celaya. Suceso que posteriormente tuvo la oportunidad de ampliar
investigando en las crónicas de la época. Aquella batalla, recordaba, pudo
significar la gran derrota final de la división de Oriente. La división de
Oriente era el gran ejercito que organizaron y comandaban Francisco Villa y su
lugarteniente Rodolfo Fierro, un hombre cruel y sanguinario que sentía cuando
mataba un placer infinito.
“En la batalla de Celaya, que en realidad no fue una si no dos, tu abuelo
me confeso que paso mucho miedo y llego a sudar sangre, pero que vio
recompensado su esfuerzo cuando al finalizar la pelea tuvo la enorme satisfacción
de que le concediesen las tres estrellas de coronel. El primer combate, me
relataba, dio comienzo al amanecer de un 5 de abril, bajo un sol tan tórrido
que ya ahora tan temprana empezaba a calcinar las pitas y cardos que crecían al
borde del camino. No habían pasado mas
de treinta minutos , cuando las tropas de la infantería “villista” lanzaron un
ataque frontal contra las tropas “constitucionalista” del general Maycotte en un paraje al que
llaman El Guaje. Debió de ser una embestida brutal, porque cuando la brigada de
Maycotte se vio obligada a retroceder ante la fuerza del empuje de la
infantería y de las cargas de la caballería “villista” que entonces estaban al
mando del coronel Pedro González, al general Álvaro Obregón jefe del ejercito
“constitucionalista”, no le quedaron mas cojones que ordenar a Pablo Goicoechea
tu abuelo, que contra atacase a la desesperada con su escuadrón de caballería.
Me contaba mi padre recordando
aquel día, que al final de la tarde con los caballos totalmente extenuados y
sedientos, con las municiones de las carabinas 30-30 agotadas , y cerca de
ochocientas bajas entre muertos y heridos se vieron obligados a tocar retirada,
haciéndolo ordenadamente hacia la cercana Hacienda Cacalote.
“Ese 5 de abril nos zurraron bien
la badana los “villistas” y tengo que reconocer que ese día nos dieron hasta en
el cielo de la boca.”
Pero tu abuelo como solía no se
dio por vencido. Porque el abuelo Pablo nunca se daba por vencido ocurriese lo
que ocurriese. Era su carácter.
Además se trataba de un hombre
paciente, así que solo tuvo que esperar a la mañana del día 14 de abril, en
pleno desarrollo de la segunda batalla de Celaya para desquitarse. Mientras
jinetes y caballos, me decía, debían soportar durante el día temperaturas de
infierno que hacían sudar hasta el caparazón de las tortugas, tu abuelo
impulsivo como siempre, lanzo una carga suicida contra los “villistas” de
Rodolfo Fierro que una vez mas habían
acorralado a las tropas del general Obregón. Debió ser tal el derroche
de fuerzas que imprimió a su ataque que saltando por encima de bayonetas,
piezas de artillería y caballos, lograron atravesar las líneas de los “villistas” y se presentaron a las mismas
puertas de la tienda de campaña del estado mayor de Pancho Villa donde tenia
instalado su cuartel general muy cerca de lo que hoy llaman Hacienda de Las
Trojes.
Me lo contaba con tanta emoción
que parecía que lo estaba reviviendo. Por lo visto, una vez descabalgado porque
le mataron a tiros su caballo, se encontró de repente con Villa frente a frente
y no tuvo otra opción que enfrentarse con el cuerpo a cuerpo .
“Pancho era un hombre grandon,
alto y muy fuerte, pero muy pesado de movimientos. Yo conocía este defecto de
cuando vivíamos los dos de jóvenes en Santa
Rosalía, y salíamos juntos los domingos por la tarde de “parranda”, que por una
causa u otra reconozco que siempre terminaban en peleas. Acordándome de aquella
lentitud que le caracterizaba, desenvaine rápidamente mi sable y le ataque
comenzando a girar con rapidez mi cuerpo a su alrededor, cuando calcule que se había
desprotegido por la acumulación del cansancio, le tire con toda la intención un
mandoble al pecho con tan mala fortuna que la hoja de mi sable reboto contra la
empuñadura del suyo. Al instante
acudieron sus guardaespaldas a socorrerle y Pancho pudo retroceder rodeado de
una muralla de pistolas y carabinas. Entonces no puede hacer otra cosa que recoger
su sable caído en el suelo y retroceder rápidamente
hacia mis filas. Esa hijo es la historia
real y verdadera de cómo conseguí el sable de Pancho Villa, lo que puedas
escuchar en la calle son leyendas urbanas inventadas por el pueblo.”
Lo primero que Tito pensó nada mas hacerse cargo de aquella casa, fue
devolver al palacete su antiguo esplendor perdido.
Para empezar, calculo, habría que pulir el mármol del porche de la
entrada que estaba sustentado sobre seis columnas de granito, también se vería
obligado a restaurar el cenador y la pérgola redonda que ocupaba el templete
para la música y sobre todo debería
borrar urgentemente las pintadas con consignas zapatistas, que ensuciaban las
paredes de las tapias que rodeaban la finca y que daban a la avenida principal.
Nunca fueron los zapatistas con Emiliano al frente, gente por la que don
Pablo sintiese afecto alguno, era un sentimiento que venia de muy atrás, tal
vez desde joven, inculcado por la severa
educación que recibió de su padre siendo niño como hijo de hacendado, la que le
hacia rechazar aquellas políticas agrarias tan radicales y revolucionarias que
pretendían acabar con ganaderos y hacendados y que para mas inri los
“zapatistas” querían imponer a toda costa por la fuerza de sus armas. Aunque a
decir verdad, nunca acepto de buen grado la forma en que don Venustiano
Carranza, el jefe máximo de la Revolución, gestiono la muerte del general
Zapata.
Recuerdo que cuando llegaron a
Chihuahua las noticias del asesinato de Emiliano Zapata en las afueras de San
Juan de Chinameca, don Pablo que ya estaba al frente de la gobernación del
estado monto en cólera y juro en publico hacer pagar aquella injusticia bárbara.
Empeñando su palabra al asegurar que si
algún día llegaba a apresar al asesino que le preparo la emboscada, el coronel Jesús
María Guajardo lo fusilaría sin juicio en el paredón.
Juramento que por cierto llego urgentemente a oídos de don Venustiano.
Pero el viejo zorro se tuvo que tragar la noticia como un sapo cuando se la
comunicaron, porque en aquella época, Goicoechea el héroe de Celaya era un
enemigo fuerte y peligroso al que había que tener en cuenta.
Lo segundo que decidió Tito sobre la marcha, fue ir a visitar de
inmediato la galería de Héroes Ilustres del Palacio Nacional.
Y también sobre la marcha pensó
que nadie mejor que Venancio Urbina podría acompañarle.
A su primo Venancio sin embargo, le desagradaba la idea. Acompañar a su
primo al Palacio Nacional implicaba con toda seguridad, que tendría que darle
explicaciones a Tito de porque su abuelo paterno Leonardo Urbina, se encontraba
expuesto en un gran cuadro pintado al oleo en aquella galería tan ilustre y en cambio el abuelo de Tito no.
Porque Venancio Urbina Goicoechea, al contrario que su primo, si había
nacido y se había criado desde niño en México . Concretamente fue en el
hospital de santa Prisca de la ciudad de Durango donde vino al mundo.
A diferencia de su primo Tito, su
abuelo el general Leonardo Urbina Reyes no había tenido la fatalidad de verse
forzado a buscar asilo en el exilio.
Pese a que en un principio estuvo mal visto por el comité de generales
de la Revolución que tuviese que elegir para casarse a Conchita Goicoechea, la única
hermana que tenía Pablo Goicoechea, justamente cuando ya este había tenido la
fatalidad de caer en desgracia y había tenido que huir a Nuevo México.
Pero Urbina que siempre estuvo muy
ligado al ejercito de Pancho Villa y Rodolfo Fierro, tanto, que llegaron a
componer un triunvirato en la jefatura de la división de Oriente, supo jugar
inteligentemente tras la derrota de Francisco Villa, con la necesidad imperiosa
que el general Plutarco Calles, su enemigo durante la guerra, tenia en esos
precisos momentos de contar con experimentados generales que mandaran algunas
de sus brigadas “sonorenses”, para poder contrarrestar de esta forma la fortaleza militar de la figura
emergente de su paisano el general Obregón que ya apuntaba directamente al
sillón presidencial del gobierno.
De nada le valieron a Venancio las mil excusas que expuso una tras otra a
su primo. Tito insistía con tal vehemencia, presentándole unos razonamientos
tan claros y coherentes que poco a poco fue desmoronando la resistencia de
Venancio hasta que este se dio por vencido.
Cuando los dos primos llegaron a la plaza de la Constitución, en uno de
cuyos laterales se levanta el edificio del Palacio Nacional, eran las doce del
medio día pasadas. O eso al menos reflejaba el enorme reloj de la fachada
principal del Palacio.
Conocía Tito, porque lo estudio de pequeño en un libro de historia mexicana,
que aquel majestuoso edificio de estilo
barroco lo mando construir el conquistador español Hernán Cortes como vivienda
para su segunda residencia en el año 1.522.
A ningún gobernante anterior se le
había ocurrido hasta la época del “porfiveriato”, escoger un lugar para rendir
homenaje a los considerados prohombres de la patria. Fue un mandato del entonces
presidente don Porfirio Díaz, el ultimo sátrapa, que había hecho de sus
gobiernos una dictadura, el que ordenaba la creación de una galería de Héroes
Ilustres, donde debían estar representados, políticos, militares y gobernantes.
Parece ser que Don Porfirio tenia la oculta obsesión de pasar a la posteridad
como el presidente mas ilustre de México.
Y nada mas representativo del culto a su personalidad que encabezar la larga
lista de héroes encarnados en aquel museo de pinturas al oleo.
Desconocía porque, pero a Tito Goicoechea le temblaban las piernas. El
caso es que se había preparado mentalmente durante muchos años para afrontar
con serenidad aquel momento y ahora veía que llegada la hora de la verdad, su
cuerpo era un manojo de nervios al que se le quebraba la voz y se le doblaban
las piernas cada vez que tenia que apoyar un pie en uno de los escalones de
aquella interminable escalinata de mármol traído desde Carrara y que conducía
directamente a la galería.
Ninguno de los dos primos quería aventurarse a manifestar lo que pensaban,
por eso mantenían mientras caminaban juntos, un silencio tan espeso que era
posible cortarlo con la hoja de un cuchillo.
Aquella interminable escalinata de nunca acabar, estaba rematada en su
final por un gran arco de madera de cedro negro tallado a punta de gumía por
artesanos de Cuajimalpa . En los laterales sobre los que se asentaba el arco
podían observarse pequeñas figuras de guerreros mexicas y algunos hechos alegóricos
que rememoraban las batallas del “huei” Moctezuma Xocoyotzin contra los
conquistadores españoles .
Pese a que todos los retratos de los héroes estaban enmarcados en
repujados cuadros dorados que habían sido colgados de unos gruesos cordones
entrelazados con los colores rojos y verdes , a lo largo de las dos paredes y
que en la parte inferior del marco podía leerse claramente una placa grabada
con la leyenda del nombre del titular del cuadro, su cargo, su hazaña y las
fechas del nacimiento y muerte, Tito tomo a su primo Venancio por el brazo y le
susurro al oído:” primo, no tenemos ninguna prisa así que quiero que me vallas
explicando detenidamente cuales fueron los méritos que logro el titular de cada
cuadro para alcanzar el honor de ser
reconocido como un héroe de la Revolución y tener la honra de estar
representado para la posteridad en esta galería.”
A Venancio Urbina le atenazaban también los nervios a medida que
avanzaban lentamente por el corredor, pero sacando fuerzas de flaqueza se paro
ante el primer retrato.
Era un lienzo con fondo negro, muy lúgubre, que resaltaba la figura
blanquecina de Francisco Madero, el llamado Padre de la Patria, al que Tito
observo detenidamente unos segundos y paso de largo sin darle mayor importancia,
porque conocía de sobra como se habían ido desarrollando los acontecimientos
que habían marcado su trágica historia.
El que le seguía a continuación, correspondía a un don Venustiano
Carranza, con gesto serio y distante. A don Venustiano le gustaba que le
llamasen el Jefe Máximo de la Revolución, aunque Tito sabia que jamás intervino
en ninguna batalla, ni tuvo mando directo sobre la tropa. Tal vez por eso tampoco
le hizo mucho caso, además de estar rebotado como su abuelo por hacerle
responsable indirecto del asesinato de Zapata.
Continuaron andando hasta colocarse debajo del cuadro que reprentába a
Francisco Villa. “A este personaje supongo que lo conoces de sobra porque fue
un hombre irrepetible.” Le pregunto Venancio. Tito asintió levemente con la
cabeza, y se empeño en elevarse sobre las puntas de los pies, en un gesto que pretendía agigantar su cuerpo. Puntualmente le vinieron a la memoria aquellas largas
tertulias con su padre en Alburquerque.” Y tanto primo, se lo he escuchado a mi
padre miles de veces, con el dolor en sus palabras del que se siente humillado
en el exilio, y el sentimiento del que se siente orgulloso de ser hijo del
general Goicoechea. Porque supongo que nuestra familia te habrá contado que fue
mi abuelo precisamente, quien luchando contra el “Centauro del Norte” tuvo el
coraje de arrebatarle de un tajo su sable en la famosa batalla de Celaya. Mal
enemigo es Pancho solía decir mi abuelo, mientras viva ese grandullón no habrá
paz duradera en México. Pero en defensa de sus principios, también fue capaz de
exigir al gobierno justicia y castigo para sus asesinos. No le hicieron
puñetero caso. Pero el siguió creyendo hasta el día de su muerte, que Pancho
Villa no se merecía una muerte tan indigna, lo de Parral, mascullaba cuando salía
la conversación, fue la encerrona de unos hijos de puta para acribillarlo como
a un perro.”
Por seguir un supuesto orden cronológico,
todos los retratos que se alineaban a continuación eran una larga exposición de
generales “villistas”.
“ Este que ves aquí, señalo con el dedo, es el general Felipe Ángeles quien fue jefe de la
artillería de Pancho Villa y reconocido como el héroe de Torreón. Este otro que
le sigue, y con esa cara de mala leche es Canuto Reyes, el general que derroto
al dictador Victoria Huertas en Durango.
El retrato inmediato es el general Joaquín de la Peña otro de los héroes de la convención
de Aguas Clientes.
“Y aquí te presento a mi abuelo
Leonardo Urbina Reyes, que también llego al generalato como tu abuelo. Si
quieres conocer los méritos que le avalan para tener el privilegio de estar
presente en esta galería de héroes, te los enumero. Primero, haber ganado hasta
cinco batallas durante la Revolución, ahí es nada, las mas importantes de las
cinco, la toma de Mapimi y la victoria de Tlahualito. Para tu información te
recuerdo que a mi abuelo Leonardo, los “convencionalistas” le llamaban el
general invencible.”
Aquella declaración tan espontanea estaba sin duda preñada de un orgullo
interior, que inundo como un torrente desbordado a Venancio de una satisfacción
infinita.
Empezaba a caer la mañana con lentitud, pero todavía el sol se sentía con
fuerzas para penetrar radiante a través de las grandes cristaleras que daban a
la plaza de la Constitución.
Mientras tanto, los dos primos continuaban avanzando sin prisas a lo
largo de la galería.
Daba la sensación de que Tito no tuviese ninguna urgencia por alcanzar el
lugar reservado a su abuelo. Como si el miedo a conocer la verdad, le lastrase
las piernas anclándoselas al suelo.
Venancio por el contrario avivaba el paso y continuaba con su función de
guía de museo, un poco aburrido todo hay que decirlo por tener que repasar continuamente
tantas historias de la Revolución que se conocía de memoria.
Esta era una asignatura que se impartía
en todos los colegios del estado y que Venancio aprobó en su día con notable.
Luego, estaban las tertulias familiares en el cenador de la vieja casa de los
Urbina a las afueras de Durango a las que su padre y sus tíos obligaban a
asistir a todos los pequeños, para que se empapasen bien de la importancia de
su apellido y lo que habían significado
los Urbina con su aportación a la reciente historia de México.
No tuvo Venancio ningún reparo en continuar pacientemente con su cometido
a sabiendas que ya les quedaban escasos metros para alcanzar el objetivo que
les había traído hasta la galería.
“Aquí no hacen falta las palabras, intento aclara Venancio mientras se
ayudaba con las manos para explicar con gestos los matices que representaba el
cuadro, porque con ese enorme sombrero charro y esos enormes bigotazos, el
personaje se presenta por si solo. Frente a ti tienes primo al general Emiliano
Zapata, también conocido como el “Atila del Sur”.
Tito elevo la vista, fijo su
mirada en aquel rostro cetrino, al que el pintor le había pintado a propósito
unos ojos indianos y negros como el azabache, que tenias la oportunidad de
percibir como desde el mismo fondo de la pintura, te atravesaban el cráneo con
aquella mirada imperturbable, cargada de
un brillo metálico hiriente como la
punta de un machete.
Efectivamente, Zapata era un personaje singular, pensó Tito, y le vino
fresco a la memoria el recuerdo de los sentimientos de su abuelo hacia
Emiliano, que tantas veces había leído en aquel borrador escrito con letra
redondilla a tinta china, de lo que al general le hubiese gustado publicar como
sus memorias.
“Ese Zapata en verdad fue un iluminado. Monto su propia revolución sin
encomendarse ni a dios, por cierto en el que no creía, ni al diablo, para
intentar cambiar la sociedad mexicana, dándole la vuelta así, como se le da la
vuelta a un calcetín. Estoy convencido, había dejado escrito Goicoechea , que
si Zapata gana su guerra particular contra el mundo, su comportamiento como
presidente y gobernante de esta nación
hubiese sido un verdadero desastre. Zapata no tenia estudios ,ni formación,
antes de revolucionario, fue un famoso bandolero. Como un hombre con semejante
bagaje podía estar capacitado para
desempeñar un puesto de tanta responsabilidad. Y además para mi su mayor
insensatez fue, esconder la cabeza debajo del ala como hace el avestruz y tirar
sin sentido para adelante, detrás de aquella consigna que tanto repetia: la
tierra para el que la trabaja. Sonó bonito mientras duro.”
-“ Tito, observas aquel hueco existente entre el general Obregón y el
siguiente que es el general Plutarco Calles, le señalo con el dedo índice
Venancio a su primo, ese fue precisamente el lugar que ocupo durante años el
cuadro de tu abuelo Pablo.”-
No hacia falta ser un experto para observar como la pared pintada de
blanco, conservaba todavía la mancha oscura de la señal que habían dejado
impresa en la cal los cantos dorados del marco que antaño estuvo allí expuesto.
Como queriendo descubrir en la pared un lienzo inexistente, Tito se salto
la barrera del cordón burdeos y se acerco hasta la misma pared blanca para
recorrer con lentitud la señal oscura con los dedos. Sin pretenderlo, sus
pensamientos volaron para imaginar en aquel hueco anónimo un cuadro similar a
todos los que acababa de observar en aquella interminable procesión de héroes .
Efectivamente su abuelo Pablo lo recogía en uno de los capítulos del
borrador y ahora Tito lo recordaba
claramente. Era el capitulo que hacia referencia a los ajustes de cuentas y las traiciones entre los generales, con el
frio objetivo de alcanzar el poder al precio que fuese.
“Los vencedores se han convertido en lobos con la única misión de
despedazarse entre ellos, atacando al que hasta hace poco tiempo era su
compañero de armas. La ambición del poder les ha secuestrado el cerebro, y dudo
ante lo que observo si es que acaso alguna vez lo han tenido.”
Así finalizaba el general
Goicoechea aquel capitulo que Tito siempre había tenido muy presente.
Ahora pensativo y callado frente aquella
pared vacía, no le salían las cuentas.
¿ Como se les puede rendir
homenaje, se pregunto a si mismo, a un Venustiano Carranza que fue parte activa
del asesinato de Emiliano Zapata, o al general y presidente Álvaro Obregón que
diseño la estrategia para la emboscada de Tlaxcala
Tongo donde acribillaron con nocturnidad y alevosía a un Carranza enfermo
y desarmado, o que este mismo prohombre pagase posteriormente a los sicarios
que ejecutaron la encerrona de Parral
donde asesinaron a Francisco Villa. Y que decir del otro presidente Plutarco
Calles al que la historia acusa y el pueblo señala con el dedo por haber contratado a León Toral para que le descerrajase un tiro
en la nuca a Obregón mientras asistía a un banquete en el restaurante la “Bombilla”.?
Recordando estos antecedente, a Tito se le iban aclarando poco a poco las
ideas, hasta llegar a la conclusión de que su abuelo tuvo que hacer algo muy
gordo en aquellas fechas para que sus camaradas revolucionarios acordaran unánimemente
borrarlo de las paginas de la historia.
Cuando Tito tomo conciencia de que
por fin después de esperar tantos años había llegado al final del camino, dio
dos pasos al frente y abrazo con emoción a su primo a la vez que le rogaba.
” Venancio creo que ha llegado la
hora de que me informes como fueron los sucesos que condujeron al abuelo Pablo
a tener que soportar un final de su trayectoria militar tan deshonroso.”
La realidad era que Venancio no sabia por donde empezar, porque aquella
situación tan agria se le había agarrado a la gargantas como una cucharada de
aceite de ricino. Quizás por eso comenzó dubitativo.
“Veras Tito, no se si voy a ser capaz de explicarte punto por punto como
ocurrieron los acontecimientos, porque la verdad de lo que sucedió y como sucedió
solo la conocía tu abuelo. Yo si quieres, te puedo contar la versión que a mi
me conto mi padre, que a su vez tengo entendido la escucho de boca de mi abuela
Conchita .
Según parece, aunque no lo tengo muy claro, durante la época en que
Francisco Villa gobernó en Chihuahua, se promulgo una ley que obligaba a todos los
residentes españoles a abandonar el estado de Chihuahua en el plazo máximo de dos
meses. Finalizado el plazo, puntualizaba la ley de Pancho, todo aquel
“gachupin” (español peyorativamente) que fuese apresado dentro de su territorio
seria fusilado inmediatamente sin juicio previo por incumplirla. Esta ley Tito,
nunca fue derogada, tampoco se llevo a la practica porque el desarrollo de la
guerra obligo a establecer otro tipo de objetivos y otras necesidades.
Pero cuando Álvaro Obregón llego
al poder después de ganar las elecciones presidenciales, las cosas se
torcieron. Desconozco cual de sus ministros le informo de la ley, pero no viene
al caso, lo importante es que la rescato
urgentemente manteniendo los mismos artículos, pero ampliando además los
limites de su territorio a todo el estado mexicano. Cuentan que el zorro de Obregón
vio en la ley, una buena justificación para expropiar todas las tierras sin
tener que indemnizar a sus propietarios y de paso adueñarse de los negocios que
regentaban los españoles. Parece ser que trataba de hacer política consiguiendo
astutamente atraerse a los braceros descontentos que reclamaban las tierras que
Zapata les había prometido y no habían conseguido y a la vez tenia la
oportunidad de apropiarse de todas las riquezas que los españoles habían ido
acumulando a lo largo de tantísimos años.
Durante un tiempo la propaganda gubernamental se dedico a preparar el
terreno, promoviendo la idea de que todo el dinero recaudado de las
expropiaciones se invertiría en sufragar parte los cuantiosos gastos que había
generado la guerra.”
Mientras escuchaba a su primo, Tito Goicoechea, se mantenía de pie
derecho como una vela, y prestaba una atención digna de aquel discípulo que
escucha la lección magistral de su maestro.
A cada frase que salía de la boca de Venancio Urbina, Tito hacia un gesto
de asentimiento con la cabeza.
“Recuerdo que tu abuelo ocupaba la gobernación de Chihuahua desde hacia
dos años mas o menos. Y desde hacia cinco meses ya había terminado el plazo
para la expulsión de los españoles, cuando le informaron que a medio camino
entre Ojinaga y Chihuahua, habían apresado a un español, que trataba de evitar
el paredón recurriendo a su absoluto desconocimiento de la ley por un lado y a
su amistad con tu abuelo por otro.
Quiero suponer que cuando el gobernador Goicoechea, tu abuelo, reconoció
al español que le llevaban encadenado con grilletes a su presencia se le debió
de caer el alma a los pies.
Jamás pudo imaginar que aquel español condenado al paredón por incumplir
la ley de expulsión era su arquitecto y amigo Francisco Idiáquez.”
Por lo visto a Pacho Idiáquez le habían podido mas los recuerdos y la
amistad de su amigo que la comodidad del hotel Hilton, lugar donde se celebraba
el IV Simpósiun de Arquitectura Estructural. Y sin pensárselo dos veces decidió
viajar en tren desde Houston en Texas hasta Chihuahua para saluda a tu abuelo.
Desgraciadamente nadie advirtió a Pacho Idiáquez antes de cruzar la
frontera con México que nada mas pisar tierra mejicana seria un proscrito, y debió
ser en el tren que procedía de Ciudad Acuña donde al comprobar la policía que
su documentación era de nacionalidad española lo detuvieron.
El dilema que se le presento a tu abuelo debió ser de cojones. No tenia
mas salidas que mandar fusilar a su amigo, el gran gestor del alumbramiento de
su mansión uno de sus sueños mas deseados, o lo mandaba liberar para salvarle
la vida, a costa de mandar su espectacular carrera política al carajo.”
“ Y que paso, pregunto nerviosamente Tito”
“ Te lo puedes imaginar, recuerdo que mi abuela Conchita hacia mucho
hincapié en como tomo la decisión final su hermano, parece ser que después de
varios días de intentar buscar la solución mas adecuada para intentar cumplir
con las dos partes, se encontró frente a un muro por la total intransigencia de
Álvaro Obregón y el rechazo de Plutarco Calles, que se negaron rotundamente a
pactar con tu abuelo, aceptando el indulto de la condena de Pacho Idiáquez que les solicitaba
el gobernador Goicoechea.
Totalmente desengañado, tu abuelo
Pablo al que por cierto le sobraban “pelotas” para enfrentarse con cualquier
enemigo, decidió liberar por su cuenta y riesgo a su amigo el arquitecto Idiáquez,
enviándolo en coche hasta la frontera con Texas escoltado por un escuadrón de
coraceros. “
“Ahora empiezo a comprender lo que vino después.” Recapacito Tito.
“ Si primo, puntualizo Venancio, aquella valiente decisión, fue el origen
de un consejo de guerra que duro dos meses y en el que condenaron al general
por alta traición al paredón, condena que además conllevaba la perdida de todos
los honores, méritos y condecoraciones ganados por tu abuelo hasta ese momento.
Posteriormente y asustados por la presión que empezaron a ejercer los
militares destinados en Chihuahua, que amagaban con una sublevación, los
generales Obregón y Calles optaron por permutar la pena capital por la pena del
exilio”.
“Y donde fue a parar el famoso cuadro…” pregunto con curiosidad Tito.
“No se sabe Tito, es un misterio.”

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