jueves, 29 de noviembre de 2012

EL GENERAL GOICOECHEA


                                                               EL GENERAL GOICOECHEA
                                                                                          

Cuando Tito Goicoechea se bajo del vagón del tren que procedía de Tucson, en la nueva estación de Chihuahua, nadie de su familia se atrevió a contarle  porque el cuadro de su abuelo el general Goicoechea, no se encontraba representado en la galería de Héroes Ilustres de la Revolución, situada dentro del Palacio Nacional.

 Curiosamente hasta los familiares mas allegados que fueron a la estación para recibirlo, solo se atrevieron a responderle con evasivas, cuando Tito les pregunto directamente por el motivo. Fue, mientras hacían el recorrido en una vieja calesa desde la plaza de la estación, hasta lo que quedaba en pie de la antigua mansión del general que se encontraba emplazada al final de la avenida de los Libertadores.
La verdad es que la llegada de Tito a Chihuahua representaba para el, un sueño inalcanzable, largamente pospuesto por infinidad de circunstancias desde que tuvo uso de razón.
 Un sueño que siempre acaricio,  tal vez desde el mismo momento en que tuvo edad para comprender las largas historias que cada noche le contaba su padre, sobre aquella tierra y aquellos hombres que vivían en el país donde su familia había nacido.
Su padre, Eufemíano, era el hijo primogénito del general, un militar que se vio obligado a exiliarse y  buscar refugio en la ciudad de Alburquerque, situada en el cercano estado americano de Nuevo México.
 A Tito siempre le había sorprendido el porque de aquella fijación que solía mostrar su padre en contarle una y otra vez aquellos relatos, que de una manera u otra siempre giraban en torno a las hazañas y victorias conseguidas por su abuelo durante la guerra de la Revolución .
 Debió ser por eso, que cuando piso por primera vez las baldosas de mármol blanco  desgastadas por el uso y el paso de los años, de la amplia escalera que daba acceso al salón de la casona de estilo español,  donde siempre quiso vivir el general hasta que lo forzaron a exiliarse, Tito sufrió un estremecimiento que le subió frio como un cuchillo desde la planta de los pies hasta la nuca.
Nunca llego a saber si aquella descarga emocional fue mas por la impresión de encontrarse tan de frente con la realidad de su pasado, o fue la sorpresa de contemplar in situ la realidad de su sueño.
 Porque todos los objetos que ahora tenia la oportunidad de observar Tito muy detenidamente, con la misma curiosidad profesional con la que lo haría un anticuario, le iban encajando perfectamente en su memoria con aquellas otras descripciones que tan pormenorizadamente su padre se aplicaba en contarle tan pacientemente.
De repente recordó el ultimo consejo que le dio su padre cuando se despidieron en el mismo anden de la estación antes de emprender el viaje:” Tito, jamás abandones tus raíces, encuéntralas y consérvalas, piensa que un hombre sin raíces es como un árbol seco al que  le han desecado la savia.”
Sin saber porque, en ese mismo momento se le vino a la memoria la historia del arquitecto Idiáquez.
Francisco Idiáquez, recordó, fue el arquitecto vasco que proyecto los planos para la construcción de la mansión de su abuelo.
Su padre le había contado aquella historia una y mil veces.” Tu abuelo, Tito, aunque había nacido en México, se sentía también profundamente vasco. Su padre, tu tatarabuelo lo era. Los Goicoechea, procedían de un pequeño pueblo de la costa vizcaína llamado Elantxobe,  allí, me conto tu abuela, se dedicaban a la pesca de la anchoa faenando con la pequeña embarcación que tenían en el golfo de Vizcaya. Pero tu  tatarabuelo que era hombre inquieto y por lo que se ve bastante aventurero decidió desde muy joven enrolarse como simple marinero en un barco mercante porque así podría conocer el mundo.
Algunas veces, continuaba, después de una de sus largas travesías, solía desembarcar en el puerto de Bilbao y se acercaba hasta su casa de Elantxobe para descansar unos días. Entonces, esa misma tarde, solían correr todos los jóvenes del pueblo hasta la taberna del Cormorán y allí escuchaban las hazañas que Txomin tenia por costumbre contarles de sus fabulosas aventuras por aquellas tierras tan lejanas y tan alejadas de Vizcaya . Tengo referencias de mi madre que algunas de las historias que les relataba eran ciertas y en cambio otras muchas inventadas, porque el abuelo Txomin era un hombre de mucho ingenio e imaginación.
 Según parece de todos los puertos que visito navegando por los cinco continentes, la ciudad que mas le atrajo fue Veracruz, así que regreso a Elantxobe, se caso con su novia de toda la vida tu tatarabuela Marichu y emigraron los dos a México.
Nada mas  llegar, se instalaron primeramente en Veracruz donde montaron un almacén de efectos navales con el que solían aprovisionar a los barcos que arribaban desde España. Supongo que no les debió ir muy bien el negocio, porque al poco tiempo se vieron obligados a trasladarse al estado de Chihuahua en el norte,  donde por lo visto los terrenos eran baratos y pudo comprarse una pequeña hacienda cerca de Santa Rosalía, fue allí en la hacienda los “Nopales”  donde nació tu abuelo y nací yo.
Cuando al abuelo Pablo lo nombraron gobernador del estado de Chihuahua , al finalizar la guerra revolucionaria, comenzó a concebir como hacer realidad uno de sus sueños mas deseados. Desde siempre había querido que su nueva casa, fuese una replica de esas “etxeas” señoriales que se asoman al mar desde la montaña y que suelen estar construidas a lo largo de toda la costa norte de España.
 El abuelo que siempre fue muy orgulloso, pretendía conseguir de alguna forma dos objetivos muy diferentes, uno era, el poder recrear en suelo mejicano, los mismos espacios y los mismos ambientes de las casonas de Elantxobe, el otro, poder residir en una mansión diferente en su estilo y original en su construcción, a los edificios impersonales que los mandos militares del ejercito ocupaban, la mayoría situados al principio de la avenida de los Libertadores.
 Suponía también de alguna manera el poder destacarse del resto de sus compañeros de armas, y así  pegarles en los mismos “morros” a tantos generalitos de carrera, que no se ocultaban lo mas mínimo para despreciarle olímpicamente porque tu abuelo no había cursado los estudios como ellos en el Colegio Militar de Guadalajara. Solían ser tan imbéciles, que se pavoneaban engallados por los cuartos de banderas de los cuarteles, luciendo en sus guerreras una gran cantidad de medallas y condecoraciones, que normalmente se habían ganado en los despachos del gobierno utilizando todo tipo de recomendaciones. No creas que aquella situación les producían algún sonrojo, todo lo contrario hijo, porque algunos de aquellos generales presentaban sus pecheras tan atestadas de cruces al merito militar y de medallas al sufrimiento por la patria, que mas que pecheras, parecían el escaparate de una tienda de artículos militares.
 Lo cierto Tito es que a la hora de la verdad , lo que la historia recoge en sus paginas es que ninguno de aquellos ineptos  funcionarios cuarteleros, llegaron a tener los suficientes bemoles para ganarse la gloria.
 Es mas, puedo asegurarte que ninguno de ellos pudo vanagloriarse de haber ganado una insignificante batalla durante todo el tiempo que duro la Revolución.
 Puedes estar seguro hijo, de que ninguna hoja de servicios de cualquiera de aquellos generales podría compararse con las circunstancias que tuvo que pelear tu abuelo, al que no se te olvide, jamás le regalaron una felicitación por los servicios prestados.
 Tanto es así que después de haberle matado mas de veinte caballos a lo largo de las distintas  cargas de caballería que se vio obligado a ordenar a su escuadrón durante el tiempo que duro  la Revolución, el estado mayor del ejercito revolucionario nunca tuvo la valentía de recompensarle por acciones en las que participo, incluyéndolas como hacían con otros generales,  en los partes de guerra que se leían públicamente al termino de cada día .
  Aunque en el fondo, debo reconocer que al abuelo Pablo le importaba un carajo porque detestaba toda aquella ostentación inútil que fomentaban los ineptos. Seguramente por esa forma de pensar, las condecoraciones de la que mas presumía delante de sus lanceros, eran las ocho cicatrices de los cinco balazos y tres machetazos que le tatuaban todo su cuerpo.
 Contaba que para el la guerra había sido una carrera militar durísima. Comenzó justo el mismo día en que se vio obligado a  salir de Chihuahua montado a caballo al mando de treinta “pelaos”, hasta el día que vio como la abuela le bordaba por fin pacientemente, la estrella de general en la bocamanga del uniforme.”
El caso es que a Tito se le engarzaban los recuerdos uno detrás de otro como si fuesen las cuentas de un rosario.
 “Cuando algún día Tito, tengas la oportunidad y la gran suerte de ver “basoko etxea aitona, (la casa del abuelo) comprenderás entonces de que materia ingrávida están compuestas las raíces de las personas y como se siente correr por las venas el orgullo propio de la familia.”
Fue el embajador español, un diplomático vasco nacido en Zarautz, quien le recomendó a Pablo Goicoechea al arquitecto Idiáquez.
Pacho Idiáquez era ya por aquellas fechas un arquitecto reconocido. Acababa de dejar su cátedra de arquitectura armónica de la universidad de Deusto por motivos políticos. Pero podía presumir de haber sido el maestro de los arquitectos Aguirre y Aspiroz autores del proyecto del monumento a Juan Sebastián el Cano, en Guetaria.
Cuando el general contacto con el a través del embajador Lezama para invitarle a viajar hasta Chihuahua con todos los gastos pagados, su negativa fue rápida y rotunda. A Pacho, le pesaba demasiado su fobia al mar. Era una aversión sobrevenida desde la mañana en que siendo todavía un niño estuvo a punto de ahogarse en la playa de la Concha de San Sebastián.
Al final, la terca persistencia de Lezama y probablemente la curiosidad profesional que le debió asaltar a Idiáquez por descubrir estilos mas avanzados y arquitecturas mas modernas, le empujaron irremediablemente a embarcarse en el puerto de Bilbao rumbo a Veracruz en el lujoso crucero “Cabo Machicháco”. Fue curiosamente durante la travesía del atlántico cuando sucedió un inesperado quiebro  del destino, que a punto estuvo de arruinar los sueños que el general había puestos con tanto interes en su ansiada mansión.
Aunque Pacho Idiáquez por su aversión al mar, solía abandonar en pocas ocasiones su camarote, era cierto que en cuanto el mar se encrespaba mas de lo habitual y el barco comenzaba a balancearse de babor a estribor, o viceversa, como si fuese un corcho sin rumbo, el mareo hacia inmediatamente acto de presencia y llegaba a secuestrarle por un tiempo indefinido,  revolviéndole sin piedad mientras tanto las tripas del estomago.
 Entonces, Pacho se veía obligado a correr urgentemente hacia la borda mas cercana a su camarote y a arrojar por ella, la vomitona sobre la cresta encrespada de las olas.
 Por eso aquella mañana fue providencial para Idiáquez, que el capitán Larrea se encontrase en su turno de guardia en el puente de estribor, cuando observo  desconcertado como una ola enorme inundaba toda la cubierta y arrastraba con fuerza hacia el mar a Pacho Idiáquez. Solo fueron cuestión de segundos que el capitán Larrea pudiese organizar el rescate y lograr subirlo a bordo sano y salvo gracias a dios.
Por haberle salvado la vida, cuando Pacho Idiáquez regreso a su Bilbao después de su estancia en México, lo primero que hizo fue regalarle al capitán Larrea el caserío donde ahora vive retirado al pie de la ría de Mundaka.
Observando detenidamente el antiguo palacete se percibía como todo su conjunto había ido envejeciendo lentamente con el paso de los años. De aquel palacete proyectado por Idiáquez y decorado posteriormente por Tomas Isern, solo quedaba la sombra alargada de su grandeza suspendida como la fragancia de un perfume en el ambiente de la avenida de los Libertadores.
Cerca de un año duraron las obras de edificación de la mansión que Idiáquez dirigía personalmente bajo la atenta mirada del gobernador Goicoechea. Y cuando una vez inaugurada con toda la parafernalia digna de un presidente, Pacho Idiáquez se despidió de don Pablo para regresar a España, el general agradecido por todos los  servicios prestados por el arquitecto, le hizo uno de los regalos que mas valoraba, el sable de asalto que el mismo general le había arrebatado a Pancho Villa durante la famosa batalla de Celaya.
Aun tenia Tito fresco en la memoria el relato de su padre sobre aquella batalla de Celaya. Suceso que posteriormente tuvo la oportunidad de ampliar investigando en las crónicas de la época. Aquella batalla, recordaba, pudo significar la gran derrota final de la división de Oriente. La división de Oriente era el gran ejercito que organizaron y comandaban Francisco Villa y su lugarteniente Rodolfo Fierro, un hombre cruel y sanguinario que sentía cuando mataba un placer infinito.
“En la batalla de Celaya, que en realidad no fue una si no dos, tu abuelo me confeso que paso mucho miedo y llego a sudar sangre, pero que vio recompensado su esfuerzo cuando al finalizar la pelea tuvo la enorme satisfacción de que le concediesen las tres estrellas de coronel. El primer combate, me relataba, dio comienzo al amanecer de un 5 de abril, bajo un sol tan tórrido que ya ahora tan temprana empezaba a calcinar las pitas y cardos que crecían al borde del camino.  No habían pasado mas de treinta minutos , cuando las tropas de la infantería “villista” lanzaron un ataque frontal contra las tropas “constitucionalista”  del general Maycotte en un paraje al que llaman El Guaje. Debió de ser una embestida brutal, porque cuando la brigada de Maycotte se vio obligada a retroceder ante la fuerza del empuje de la infantería y de las cargas de la caballería “villista” que entonces estaban al mando del coronel Pedro González, al general Álvaro Obregón jefe del ejercito “constitucionalista”, no le quedaron mas cojones que ordenar a Pablo Goicoechea tu abuelo, que contra atacase a la desesperada con su escuadrón de caballería.
 Me contaba mi padre recordando aquel día, que al final de la tarde con los caballos totalmente extenuados y sedientos, con las municiones de las carabinas 30-30 agotadas , y cerca de ochocientas bajas entre muertos y heridos se vieron obligados a tocar retirada, haciéndolo ordenadamente hacia la cercana Hacienda Cacalote.

 “Ese 5 de abril nos zurraron bien la badana los “villistas” y tengo que reconocer que ese día nos dieron hasta en el cielo de la boca.”
 Pero tu abuelo como solía no se dio por vencido. Porque el abuelo Pablo nunca se daba por vencido ocurriese lo que ocurriese. Era su carácter.
 Además se trataba de un hombre paciente, así que solo tuvo que esperar a la mañana del día 14 de abril, en pleno desarrollo de la segunda batalla de Celaya para desquitarse. Mientras jinetes y caballos, me decía, debían soportar durante el día temperaturas de infierno que hacían sudar hasta el caparazón de las tortugas, tu abuelo impulsivo como siempre, lanzo una carga suicida contra los “villistas” de Rodolfo Fierro que una vez mas habían  acorralado a las tropas del general Obregón. Debió ser tal el derroche de fuerzas que imprimió a su ataque que saltando por encima de bayonetas, piezas de artillería y caballos, lograron atravesar las líneas de los  “villistas” y se presentaron a las mismas puertas de la tienda de campaña del estado mayor de Pancho Villa donde tenia instalado su cuartel general muy cerca de lo que hoy llaman Hacienda de Las Trojes.
 Me lo contaba con tanta emoción que parecía que lo estaba reviviendo. Por lo visto, una vez descabalgado porque le mataron a tiros su caballo, se encontró de repente con Villa frente a frente y no tuvo otra opción que enfrentarse con el  cuerpo a cuerpo .
  “Pancho era un hombre grandon, alto y muy fuerte, pero muy pesado de movimientos. Yo conocía este defecto de cuando vivíamos los dos  de jóvenes en Santa Rosalía, y salíamos juntos los domingos por la tarde de “parranda”, que por una causa u otra reconozco que siempre terminaban en peleas. Acordándome de aquella lentitud que le caracterizaba, desenvaine rápidamente mi sable y le ataque comenzando a girar con rapidez mi cuerpo a su alrededor, cuando calcule que se había desprotegido por la acumulación del cansancio, le tire con toda la intención un mandoble al pecho con tan mala fortuna que la hoja de mi sable reboto contra la empuñadura del  suyo. Al instante acudieron sus guardaespaldas a socorrerle y Pancho pudo retroceder rodeado de una muralla de pistolas y carabinas. Entonces no puede hacer otra cosa que recoger su sable caído en el suelo y retroceder  rápidamente hacia  mis filas. Esa hijo es la historia real y verdadera de cómo conseguí el sable de Pancho Villa, lo que puedas escuchar en la calle son leyendas urbanas inventadas por el pueblo.” 
Lo primero que Tito pensó nada mas hacerse cargo de aquella casa, fue devolver al palacete su antiguo esplendor perdido.
Para empezar, calculo, habría que pulir el mármol del porche de la entrada que estaba sustentado sobre seis columnas de granito, también se vería obligado a restaurar el cenador y la pérgola redonda que ocupaba el templete para la música  y sobre todo debería borrar urgentemente las pintadas con consignas zapatistas, que ensuciaban las paredes de las tapias que rodeaban la finca y  que daban a la avenida principal.
Nunca fueron los zapatistas con Emiliano al frente, gente por la que don Pablo sintiese afecto alguno, era un sentimiento que venia de muy atrás, tal vez desde joven, inculcado  por la severa educación que recibió de su padre siendo niño como hijo de hacendado, la que le hacia rechazar aquellas políticas agrarias tan radicales y revolucionarias que pretendían acabar con ganaderos y hacendados y que para mas inri los “zapatistas” querían imponer a toda costa por la fuerza de sus armas. Aunque a decir verdad, nunca acepto de buen grado la forma en que don Venustiano Carranza, el jefe máximo de la Revolución, gestiono la muerte del general Zapata.
 Recuerdo que cuando llegaron a Chihuahua las noticias del asesinato de Emiliano Zapata en las afueras de San Juan de Chinameca, don Pablo que ya estaba al frente de la gobernación del estado monto en cólera y juro en publico hacer pagar aquella injusticia bárbara. Empeñando  su palabra al asegurar que si algún día llegaba a apresar al asesino que le preparo la emboscada, el coronel Jesús María Guajardo lo fusilaría sin juicio en el paredón.
Juramento que por cierto llego urgentemente a oídos de don Venustiano. Pero el viejo zorro se tuvo que tragar la noticia como un sapo cuando se la comunicaron, porque en aquella época, Goicoechea el héroe de Celaya era un enemigo fuerte y peligroso al que había que tener en cuenta.
Lo segundo que decidió Tito sobre la marcha, fue ir a visitar de inmediato la galería de Héroes Ilustres del Palacio Nacional.
 Y también sobre la marcha pensó que nadie mejor que Venancio Urbina podría acompañarle.
A su primo Venancio sin embargo, le desagradaba la idea. Acompañar a su primo al Palacio Nacional implicaba con toda seguridad, que tendría que darle explicaciones a Tito de porque su abuelo paterno Leonardo Urbina, se encontraba expuesto en un gran cuadro pintado al oleo en aquella galería tan ilustre y  en cambio el abuelo de Tito no.
Porque Venancio Urbina Goicoechea, al contrario que su primo, si había nacido y se había criado desde niño en México . Concretamente fue en el hospital de santa Prisca de la ciudad de Durango donde vino al mundo.
 A diferencia de su primo Tito, su abuelo el general Leonardo Urbina Reyes no había tenido la fatalidad de verse forzado a buscar asilo en el exilio.  Pese a que en un principio estuvo mal visto por el comité de generales de la Revolución que tuviese que elegir para casarse a Conchita Goicoechea, la única hermana que tenía Pablo Goicoechea, justamente cuando ya este había tenido la fatalidad de caer en desgracia y había tenido que huir a Nuevo México.
 Pero Urbina que siempre estuvo muy ligado al ejercito de Pancho Villa y Rodolfo Fierro, tanto, que llegaron a componer un triunvirato en la jefatura de la división de Oriente, supo jugar inteligentemente tras la derrota de Francisco Villa, con la necesidad imperiosa que el general Plutarco Calles, su enemigo durante la guerra, tenia en esos precisos momentos de contar con experimentados generales que mandaran algunas de sus brigadas “sonorenses”, para poder contrarrestar de esta  forma la fortaleza militar de la figura emergente de su paisano el general Obregón que ya apuntaba directamente al sillón presidencial del gobierno.
De nada le valieron a Venancio las mil excusas que expuso una tras otra a su primo. Tito insistía con tal vehemencia, presentándole unos razonamientos tan claros y coherentes que poco a poco fue desmoronando la resistencia de Venancio hasta que este se dio por vencido.
Cuando los dos primos llegaron a la plaza de la Constitución, en uno de cuyos laterales se levanta el edificio del Palacio Nacional, eran las doce del medio día pasadas. O eso al menos reflejaba el enorme reloj de la fachada principal del Palacio.

Conocía Tito, porque lo estudio de pequeño en un libro de historia mexicana, que aquel  majestuoso edificio de estilo barroco lo mando construir el conquistador español Hernán Cortes como vivienda para su segunda residencia en el año 1.522.

 A ningún gobernante anterior se le había ocurrido hasta la época del “porfiveriato”, escoger un lugar para rendir homenaje a los considerados prohombres de la patria. Fue un mandato del entonces presidente don Porfirio Díaz, el ultimo sátrapa, que había hecho de sus gobiernos una dictadura, el que ordenaba la creación de una galería de Héroes Ilustres, donde debían estar representados, políticos, militares y gobernantes. Parece ser que Don Porfirio tenia la oculta obsesión de pasar a la posteridad como el presidente mas ilustre  de México. Y nada mas representativo del culto a su personalidad que encabezar la larga lista de héroes encarnados en aquel museo de pinturas al oleo.
Desconocía porque, pero a Tito Goicoechea le temblaban las piernas. El caso es que se había preparado mentalmente durante muchos años para afrontar con serenidad aquel momento y ahora veía que llegada la hora de la verdad, su cuerpo era un manojo de nervios al que se le quebraba la voz y se le doblaban las piernas cada vez que tenia que apoyar un pie en uno de los escalones de aquella interminable escalinata de mármol traído desde Carrara y que conducía directamente a la galería.
Ninguno de los dos primos quería aventurarse a manifestar lo que pensaban, por eso mantenían mientras caminaban juntos, un silencio tan espeso que era posible cortarlo con la hoja de un cuchillo.
Aquella interminable escalinata de nunca acabar, estaba rematada en su final por un gran arco de madera de cedro negro tallado a punta de gumía por artesanos de Cuajimalpa . En los laterales sobre los que se asentaba el arco podían observarse pequeñas figuras de guerreros mexicas y algunos hechos alegóricos que rememoraban las batallas del “huei” Moctezuma Xocoyotzin contra los conquistadores españoles .
Pese a que todos los retratos de los héroes estaban enmarcados en repujados cuadros dorados que habían sido colgados de unos gruesos cordones entrelazados con los colores rojos y verdes , a lo largo de las dos paredes y que en la parte inferior del marco podía leerse claramente una placa grabada con la leyenda del nombre del titular del cuadro, su cargo, su hazaña y las fechas del nacimiento y muerte, Tito tomo a su primo Venancio por el brazo y le susurro al oído:” primo, no tenemos ninguna prisa así que quiero que me vallas explicando detenidamente cuales fueron los méritos que logro el titular de cada cuadro  para alcanzar el honor de ser reconocido como un héroe de la Revolución y tener la honra de estar representado para la posteridad en esta galería.”
A Venancio Urbina le atenazaban también los nervios a medida que avanzaban lentamente por el corredor, pero sacando fuerzas de flaqueza se paro ante el primer retrato.
Era un lienzo con fondo negro, muy lúgubre, que resaltaba la figura blanquecina de Francisco Madero, el llamado Padre de la Patria, al que Tito observo detenidamente unos segundos y paso de largo sin darle mayor importancia, porque conocía de sobra como se habían ido desarrollando los acontecimientos que habían marcado su trágica historia.
El que le seguía a continuación, correspondía a un don Venustiano Carranza, con gesto serio y distante. A don Venustiano le gustaba que le llamasen el Jefe Máximo de la Revolución, aunque Tito sabia que jamás intervino en ninguna batalla, ni tuvo mando directo sobre la tropa. Tal vez por eso tampoco le hizo mucho caso, además de estar rebotado como su abuelo por hacerle responsable indirecto del asesinato de Zapata.
Continuaron andando hasta colocarse debajo del cuadro que reprentába a Francisco Villa. “A este personaje supongo que lo conoces de sobra porque fue un hombre irrepetible.” Le pregunto Venancio. Tito asintió levemente con la cabeza, y se empeño en elevarse sobre las puntas de los pies, en un gesto que pretendía  agigantar su cuerpo. Puntualmente  le vinieron a la memoria aquellas largas tertulias con su padre en Alburquerque.” Y tanto primo, se lo he escuchado a mi padre miles de veces, con el dolor en sus palabras del que se siente humillado en el exilio, y el sentimiento del que se siente orgulloso de ser hijo del general Goicoechea. Porque supongo que nuestra familia te habrá contado que fue mi abuelo precisamente, quien luchando contra el “Centauro del Norte” tuvo el coraje de arrebatarle de un tajo su sable en la famosa batalla de Celaya. Mal enemigo es Pancho solía decir mi abuelo, mientras viva ese grandullón no habrá paz duradera en México. Pero en defensa de sus principios, también fue capaz de exigir al gobierno justicia y castigo para sus asesinos. No le hicieron puñetero caso. Pero el siguió creyendo hasta el día de su muerte, que Pancho Villa no se merecía una muerte tan indigna, lo de Parral, mascullaba cuando salía la conversación, fue la encerrona de unos hijos de puta para acribillarlo como a un perro.”
 Por seguir un supuesto orden cronológico, todos los retratos que se alineaban a continuación eran una larga exposición de generales “villistas”.
“ Este que ves aquí, señalo con el dedo, es el  general Felipe Ángeles quien fue jefe de la artillería de Pancho Villa y reconocido como el héroe de Torreón. Este otro que le sigue, y con esa cara de mala leche es Canuto Reyes, el general que derroto al dictador  Victoria Huertas en Durango. El retrato inmediato es el general Joaquín de la Peña otro de los héroes de la convención de Aguas Clientes.
 “Y aquí te presento a mi abuelo Leonardo Urbina Reyes, que también llego al generalato como tu abuelo. Si quieres conocer los méritos que le avalan para tener el privilegio de estar presente en esta galería de héroes, te los enumero. Primero, haber ganado hasta cinco batallas durante la Revolución, ahí es nada, las mas importantes de las cinco, la toma de Mapimi y la victoria de Tlahualito. Para tu información te recuerdo que a mi abuelo Leonardo, los “convencionalistas” le llamaban el general invencible.”
Aquella declaración tan espontanea estaba sin duda preñada de un orgullo interior, que inundo como un torrente desbordado a Venancio de una satisfacción infinita.
Empezaba a caer la mañana con lentitud, pero todavía el sol se sentía con fuerzas para penetrar radiante a través de las grandes cristaleras que daban a la plaza de la Constitución.
Mientras tanto, los dos primos continuaban avanzando sin prisas a lo largo de la galería.
Daba la sensación de que Tito no tuviese ninguna urgencia por alcanzar el lugar reservado a su abuelo. Como si el miedo a conocer la verdad, le lastrase las piernas anclándoselas al suelo.
Venancio por el contrario avivaba el paso y continuaba con su función de guía de museo, un poco aburrido todo hay que decirlo por tener que repasar continuamente tantas historias de la Revolución que se conocía de memoria.
 Esta era una asignatura que se impartía en todos los colegios del estado y que Venancio aprobó en su día con notable. Luego, estaban las tertulias familiares en el cenador de la vieja casa de los Urbina a las afueras de Durango a las que su padre y sus tíos obligaban a asistir a todos los pequeños, para que se empapasen bien de la importancia de su apellido y lo que  habían significado los Urbina con su aportación a la reciente historia de México.
No tuvo Venancio ningún reparo en continuar pacientemente con su cometido a sabiendas que ya les quedaban escasos metros para alcanzar el objetivo que les había traído hasta la galería.
“Aquí no hacen falta las palabras, intento aclara Venancio mientras se ayudaba con las manos para explicar con gestos los matices que representaba el cuadro, porque con ese enorme sombrero charro y esos enormes bigotazos, el personaje se presenta por si solo. Frente a ti tienes primo al general Emiliano Zapata, también conocido como el “Atila del Sur”.

 Tito elevo la vista, fijo su mirada en aquel rostro cetrino, al que el pintor le había pintado a propósito unos ojos indianos y negros como el azabache, que tenias la oportunidad de percibir como desde el mismo fondo de la pintura, te atravesaban el cráneo con aquella mirada  imperturbable, cargada de un brillo metálico hiriente  como la punta de un machete.
Efectivamente, Zapata era un personaje singular, pensó Tito, y le vino fresco a la memoria el recuerdo de los sentimientos de su abuelo hacia Emiliano, que tantas veces había leído en aquel borrador escrito con letra redondilla a tinta china, de lo que al general le hubiese gustado publicar como sus memorias.
“Ese Zapata en verdad fue un iluminado. Monto su propia revolución sin encomendarse ni a dios, por cierto en el que no creía, ni al diablo, para intentar cambiar la sociedad mexicana, dándole la vuelta así, como se le da la vuelta a un calcetín. Estoy convencido, había dejado escrito Goicoechea , que si Zapata gana su guerra particular contra el mundo, su comportamiento como presidente y gobernante de esta nación  hubiese sido un verdadero desastre. Zapata no tenia estudios ,ni formación, antes de revolucionario, fue un famoso bandolero. Como un hombre con semejante bagaje podía estar capacitado  para desempeñar un puesto de tanta responsabilidad. Y además para mi su mayor insensatez fue, esconder la cabeza debajo del ala como hace el avestruz y tirar sin sentido para adelante, detrás de aquella consigna que tanto repetia: la tierra para el que la trabaja. Sonó bonito mientras duro.”
-“ Tito, observas aquel hueco existente entre el general Obregón y el siguiente que es el general Plutarco Calles, le señalo con el dedo índice Venancio a su primo, ese fue precisamente el lugar que ocupo durante años el cuadro de tu abuelo Pablo.”-
No hacia falta ser un experto para observar como la pared pintada de blanco, conservaba todavía la mancha oscura de la señal que habían dejado impresa en la cal los cantos dorados del marco que antaño estuvo allí expuesto.
Como queriendo descubrir en la pared un lienzo inexistente, Tito se salto la barrera del cordón burdeos y se acerco hasta la misma pared blanca para recorrer con lentitud la señal oscura con los dedos. Sin pretenderlo, sus pensamientos volaron para imaginar en aquel hueco anónimo un cuadro similar a todos los que acababa de observar en aquella interminable procesión de héroes .
Efectivamente su abuelo Pablo lo recogía en uno de los capítulos del borrador y ahora Tito lo  recordaba claramente. Era el capitulo que hacia referencia a los ajustes de cuentas  y las traiciones entre los generales, con el frio objetivo de alcanzar el poder al precio que fuese.
“Los vencedores se han convertido en lobos con la única misión de despedazarse entre ellos, atacando al que hasta hace poco tiempo era su compañero de armas. La ambición del poder les ha secuestrado el cerebro, y dudo ante lo que observo si es que acaso alguna vez lo han tenido.”
 Así finalizaba el general Goicoechea aquel capitulo que Tito siempre había tenido muy presente.
 Ahora pensativo y callado frente aquella pared vacía, no le salían las cuentas.
 ¿ Como se les puede rendir homenaje, se pregunto a si mismo, a un Venustiano Carranza que fue parte activa del asesinato de Emiliano Zapata, o al general y presidente Álvaro Obregón que diseño la estrategia para la emboscada de Tlaxcala
Tongo donde acribillaron con nocturnidad y alevosía a un Carranza enfermo y desarmado, o que este mismo prohombre pagase posteriormente a los sicarios que ejecutaron  la encerrona de Parral donde asesinaron a Francisco Villa. Y que decir del otro presidente Plutarco Calles al que la historia acusa y el pueblo señala con el dedo por haber contratado  a León Toral para que le descerrajase un tiro en la nuca a Obregón mientras asistía a un banquete en el restaurante la “Bombilla”.?
Recordando estos antecedente, a Tito se le iban aclarando poco a poco las ideas, hasta llegar a la conclusión de que su abuelo tuvo que hacer algo muy gordo en aquellas fechas para que sus camaradas revolucionarios acordaran unánimemente borrarlo de las paginas de la historia.  
 Cuando Tito tomo conciencia de que por fin después de esperar tantos años había llegado al final del camino, dio dos pasos al frente y abrazo con emoción a su primo a la vez que le rogaba.
 ” Venancio creo que ha llegado la hora de que me informes como fueron los sucesos que condujeron al abuelo Pablo a tener que soportar un final de su trayectoria militar tan deshonroso.”
La realidad era que Venancio no sabia por donde empezar, porque aquella situación tan agria se le había agarrado a la gargantas como una cucharada de aceite de ricino. Quizás por eso comenzó dubitativo.
“Veras Tito, no se si voy a ser capaz de explicarte punto por punto como ocurrieron los acontecimientos, porque la verdad de lo que sucedió y como sucedió solo la conocía tu abuelo. Yo si quieres, te puedo contar la versión que a mi me conto mi padre, que a su vez tengo entendido la escucho de boca de mi abuela Conchita .
Según parece, aunque no lo tengo muy claro, durante la época en que Francisco Villa gobernó en Chihuahua, se  promulgo una ley que obligaba a todos los residentes españoles a abandonar el estado de Chihuahua en el plazo máximo de dos meses. Finalizado el plazo, puntualizaba la ley de Pancho, todo aquel “gachupin” (español peyorativamente) que fuese apresado dentro de su territorio seria fusilado inmediatamente sin juicio previo por incumplirla. Esta ley Tito, nunca fue derogada, tampoco se llevo a la practica porque el desarrollo de la guerra obligo a establecer otro tipo de objetivos y otras necesidades.
 Pero cuando Álvaro Obregón llego al poder después de ganar las elecciones presidenciales, las cosas se torcieron. Desconozco cual de sus ministros le informo de la ley, pero no viene al caso, lo importante  es que la rescato urgentemente manteniendo los mismos artículos, pero ampliando además los limites de su territorio a todo el estado mexicano. Cuentan que el zorro de Obregón vio en la ley, una buena justificación para expropiar todas las tierras sin tener que indemnizar a sus propietarios y de paso adueñarse de los negocios que regentaban los españoles. Parece ser que trataba de hacer política consiguiendo astutamente atraerse a los braceros descontentos que reclamaban las tierras que Zapata les había prometido y no habían conseguido y a la vez tenia la oportunidad de apropiarse de todas las riquezas que los españoles habían ido acumulando a lo largo de tantísimos  años.
Durante un tiempo la propaganda gubernamental se dedico a preparar el terreno, promoviendo la idea de que todo el dinero recaudado de las expropiaciones se invertiría en sufragar parte los cuantiosos gastos que había generado la guerra.”
Mientras escuchaba a su primo, Tito Goicoechea, se mantenía de pie derecho como una vela, y prestaba una atención digna de aquel discípulo que escucha la lección magistral de su maestro.
A cada frase que salía de la boca de Venancio Urbina, Tito hacia un gesto de asentimiento con la cabeza.
“Recuerdo que tu abuelo ocupaba la gobernación de Chihuahua desde hacia dos años mas o menos. Y desde hacia cinco meses ya había terminado el plazo para la expulsión de los españoles, cuando le informaron que a medio camino entre Ojinaga y Chihuahua, habían apresado a un español, que trataba de evitar el paredón recurriendo a su absoluto desconocimiento de la ley por un lado y a su amistad con tu abuelo por otro.
Quiero suponer que cuando el gobernador Goicoechea, tu abuelo, reconoció al español que le llevaban encadenado con grilletes a su presencia se le debió de caer el alma a los pies.
Jamás pudo imaginar que aquel español condenado al paredón por incumplir la ley de expulsión era su arquitecto y amigo Francisco Idiáquez.”
Por lo visto a Pacho Idiáquez le habían podido mas los recuerdos y la amistad de su amigo que la comodidad del hotel Hilton, lugar donde se celebraba el IV Simpósiun de Arquitectura Estructural. Y sin pensárselo dos veces decidió viajar en tren desde Houston en Texas hasta Chihuahua para saluda a tu abuelo.
Desgraciadamente nadie advirtió a Pacho Idiáquez antes de cruzar la frontera con México que nada mas pisar tierra mejicana seria un proscrito, y debió ser en el tren que procedía de Ciudad Acuña donde al comprobar la policía que su documentación era de nacionalidad española lo detuvieron.
El dilema que se le presento a tu abuelo debió ser de cojones. No tenia mas salidas que mandar fusilar a su amigo, el gran gestor del alumbramiento de su mansión uno de sus sueños mas deseados, o lo mandaba liberar para salvarle la vida, a costa de mandar su espectacular carrera política al carajo.”
“ Y que paso, pregunto nerviosamente Tito”
“ Te lo puedes imaginar, recuerdo que mi abuela Conchita hacia mucho hincapié en como tomo la decisión final su hermano, parece ser que después de varios días de intentar buscar la solución mas adecuada para intentar cumplir con las dos partes, se encontró frente a un muro por la total intransigencia de Álvaro Obregón y el rechazo de Plutarco Calles, que se negaron rotundamente a pactar con tu abuelo, aceptando el indulto de la  condena de Pacho Idiáquez que les solicitaba el gobernador Goicoechea.
 Totalmente desengañado, tu abuelo Pablo al que por cierto le sobraban “pelotas” para enfrentarse con cualquier enemigo, decidió liberar por su cuenta y riesgo a su amigo el arquitecto Idiáquez, enviándolo en coche hasta la frontera con Texas escoltado por un escuadrón de coraceros. “
“Ahora empiezo a comprender lo que vino después.” Recapacito Tito.
“ Si primo, puntualizo Venancio, aquella valiente decisión, fue el origen de un consejo de guerra que duro dos meses y en el que condenaron al general por alta traición al paredón, condena que además conllevaba la perdida de todos los honores, méritos y condecoraciones ganados por tu abuelo hasta ese momento.
Posteriormente y asustados por la presión que empezaron a ejercer los militares destinados en Chihuahua, que amagaban con una sublevación, los generales Obregón y Calles optaron por permutar la pena capital por la pena del exilio”. 
“Y donde fue a parar el famoso cuadro…” pregunto con curiosidad Tito.
“No se sabe Tito, es un misterio.”

  


  
  

  

     




   

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